el papel de la épica novohispana
(Versión con notas en Agencias criollas: La ambigüedad "colonial" en las letras hispanoamericanas. José Antonio Mazzotti, editor. Pittsburgh: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2000. 143-160)
José Antonio Mazzotti
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No es ya demasiado aventurado hablar de una "nación criolla" como concepto ubicable en las coordenadas axiológicas de fines del siglo XVI y los dos que siguieron. Los estudios tradicionales sobre el periodo virreinal han tendido a simplificar el problema de la escurridiza diferencia criolla al aceptar sin cortapisas la condición legal y cultural de españoles en esos descendientes de peninsulares nacidos en el Nuevo Mundo. La postura común es ubicarlos como un apéndice y una variable de la subjetividad dominante, obviando así la especificidad y el carácter dialógico de su producción discursiva con el contexto americano inmediato. Sin embargo, bastaría revisar documentos y crónicas de la época en los que se insiste en la condición alterna y superior del criollo continental, en su indisputable calidad intelectual, espiritual y hasta biológica, para volver a considerar las características particulares de esta formación cultural, lejos también del otro extremo de interpretación, el de una teleología nacionalista modernizante, hija más bien del pensamiento ilustrado. Sin embargo, la autoproclamada superioridad criolla se daba a despecho del dato probado de ser un 20 a 40 por ciento del conjunto en realidad mestizos acogidos bajo la protección paterna durante las dos primeras generaciones, es decir, los nacidos entre las décadas de 1530 y 1560 (v. Kuznesof; Schwartz). Tal hecho motivaría, entre otras cosas, el desprecio y marginación a que los llamados "gachupines" de México y los "chapetones" del Perú condenaron a sus anfitriones pretendidamente blancos en los virreinatos.
En las próximas páginas me centraré en dos ejemplos canónicos y quizá para muchos conocidos: los textos de Francisco de Terrazas y de Antonio de Saavedra Guzmán. A través de ellos plantearé cómo en uno de los grupos criollos más importantes, el mexicano, se empieza a labrar la idea de lo que un sector contemporáneo de estudios sobre la nación ha llamado "nacionalismo étnico" pre-ilustrado. Me refiero especialmente a los trabajos de John Kellas, Anthony Smith y John Armstrong (v. bibliog.), que plantean orígenes remotos para las formaciones nacionales de intrínseca homogeneidad cultural y racial y anteriores al desarrollo del estado-nación moderno. Aunque el alcance de este sector no "modernista" de los estudios sobre el nacionalismo ha comprehendido básicamente sociedades tradicionales del Viejo Mundo y no del Nuevo, algunas de sus conclusiones pueden ser utilizadas para nuestro campo.
Hay que reconocer, al mismo tiempo, que existe una carencia todavía notable de adaptaciones de algunas de las teorías postcoloniales más al uso para el contexto hispanoamericano llamado "colonial". Por esta razón se suele incurrir en anacronismos epistemológicos, como es el del uso indiscriminado y uniformizante del mismo término "colonia" en su sentido estrictamente expoliador. Aunque la evidencia sobre abusos económicos, sociales y políticos, así como sobre el amplio proceso aculturador ejercido por oficiales de la Corona española y el clero en el Nuevo Mundo no admite mayor discusión, la tendencia contemporánea dentro de los estudios "coloniales" es la de unimismar la dominación de los Habsburgo (hasta 1700) con la de los Borbones, sin observar los cambios sucesivos y muchas veces proteccionistas dentro del complejo corpus de la Leyes de Indias, ni el papel flexible y ambiguo de los sectores intersticiales, como el de los criollos, para evaluar la especificidad del proceso histórico de la dominación hispana en América. Pero será particularmente a través del análisis textual, y específicamente poético, que intentaré labrar un surco más dentro de ese inmenso territorio silvestre de las redefiniciones a las que se inclina el presente volumen.
Partamos de los conceptos que dan título a este trabajo. Con la expresión de "criollos resentidos", originalmente esbozada por Benítez (300) y luego acuñada por Peña (220), me refiero al grupo de las dos primeras generaciones de criollos que acusaron recibo del despojamiento de las encomiendas por obra y gracia de las Leyes Nuevas promulgadas en 1542 y de sus secuelas dosificadas a lo largo del siglo XVI. Según Pagden (56), tales individuos apenas llegaban al número de 733 en el México del año 1604, y es de creer que una cifra similar existía en el Perú en la misma época. Asimismo, para hablar de "nación étnica" se necesita aludir inevitablemente al concepto de nación que se manejaba entonces: el de grupo familiar extenso o social-regional, con fuertes rasgos de unidad racial, cultural y lingüística, muchas veces coincidente con el concepto de "casta", y casi siempre identificable por la aceptación común de una dinastía fundadora (Smith, Introd.). De igual manera, el término "nación" aludía a un común "origen en cierta provincia, región o reino" (Monguió 462). Por su lado, Florescano (16-17), aclara acertadamente que "en la antigüedad, la idea de nación se identificó con la existencia del grupo étnico. Era una concepción universal, manifiesta en todas las civilizaciones bajo las formas más diversas. Sin embargo, también sabemos que fue bruscamente alterada por el concepto de nación que brotó de la revolución francesa. Los patriotas franceses rompieron con sus antiguas lealtades territoriales, lingüísticas y afectivas en 1789, y proclamaron su entrega a la nación francesa por sobre todas las cosas". Como se ve, no interesa especialmente para el periodo al que quiero referirme, el de fines del XVI y principios del XVII, la tesis de Benedict Anderson llamada "modernista", que ubica el nacionalismo como artefacto cultural a partir de la Ilustración y de la circulación de impresos periódicos en la segunda mitad del siglo XVIII (v. Anderson, Introd. y Cap. 4 para el caso hispanoamericano).
Para entrar en el contexto mexicano, conviene anotar que la extensa bibliografía que trata de la formación de una identidad criolla en la Nueva España (como, por ejemplo, los notables trabajos de Jacques Lafaye, David Brading, Solange Alberro y Peggy Liss, entre otros) se concentra sobre todo en textos y documentos que rara vez incluyen la poesía convencionalmente conocida como épica. Entre los estudiosos más tradicionales, cuando la épica criolla ha sido tema de comentario, el balance ha sido, por decir lo menos, calamitoso. A semejanza de su homóloga peruana, esta parte de las letras virreinales se encuadra aparentemente dentro de premisas y modelos ubicables en la península y las influencias italianas, en que la ottava rima resultaría la cara más visible del remedo. Pero a diferencia de la épica novocastellana, la novohispana tiene en Hernán Cortés a un personaje menos problemático que Francisco Pizarro para la reactualización de un paradigma tradicional de heroísmo. En las biografías de Cortés se suele incluir su breve paso por la Universidad de Salamanca y su relativo manejo del latín, así como el testimonio directo de la retórica jurídica e historiográfica visible en las Cartas de relación (v. Frankl), que lo sitúa intelectualmente muy por encima del analfabetismo de Pizarro. Recuérdense para ello, además, las alabanzas de López de Gómara en la línea de las historias glorificadoras de un modelo ejemplarizante, y sus atribuciones a Pizarro de una deshonrosa ilegitimidad familiar y de un vergonzoso oficio porquerizo (v. el Cap. 144 de su Historia general). Es, pues, en pocas palabras, Cortés un personaje mucho más idóneo para la heroificación y la fundación de una estirpe local, tanto por sus virtudes militares como espirituales e intelectuales.
Por eso, no importa tanto la mayor o menor lealtad del Marqués del Valle a la Corona ni su supuesta "revolución comunera" en la Nueva España, como la llamó Manuel Giménez Fernández (v. bibliog.). Importa sí la manipulación que de su figura hacen algunos descendientes de conquistadores que echan mano del prestigioso género de la épica para ensalzar a sus propios antepasados acompañantes de Cortés y al mismo tiempo infiltrar sus reclamos por los antiguos méritos familiares. Por ello, dos de los casos más importantes para una lectura política y socio-histórica de la instrumentalización de la épica culta en tierras americanas, el Nuevo Mundo y Conquista, de Francisco de Terrazas, y El peregrino indiano, de Antonio de Saavedra Guzmán, resultan de suma utilidad. No quiero con ello afirmar que los poemas de Gabriel Lobo Lasso de la Vega, el Cortés valeroso (1588) y su versión ampliada, la Mexicana (1594), no tengan importancia para este rastreo. Las dos obras complementarias entre sí de Lobo Lasso constituyen también parte nuclear del llamado "ciclo cortesiano" junto con otros nueve poemas épicos, y fueron publicadas antes que los poemas de Terrazas y Saavedra. Sin embargo, lo cierto es que quizá lo más aproximado a una indirecta reivindicación criolla en Lobo Lasso sea la enumeración de los conquistadores que acompañaron a Cortés. Son 113 los nombrados en el Cortés valeroso y 170 en la Mexicana. Pero ya que ambos poemas tienen como objeto indiscutible la conversión de Cortés en arquetipo de la heroicidad hispana, es lógico que no se explayen en el reclamo por el despojamiento de encomiendas y privilegios sufrido por los descendientes de los otros conquistadores. En esto, además, hubo intereses concretos de Martín Cortés, el criollo segundo Marqués del Valle, y de su hijo, Fernando, que intervinieron en el proceso escritural de Lobo Lasso, como apunta José Amor y Vásquez (LVII). Sin embargo, destacan en ambas obras, como variantes del protagonismo de Cortés, algunas acciones de Jerónimo de Aguilar y Pedro de Alvarado, aunque la mayoría de la tropa quedará casi ignorada, tal como ocurrió en la Conquista de México de Gómara. Esta misma visión individualizante de la conquista motivaría los reclamos de Bernal Díaz del Castillo, que en buena medida se adelanta a las quejas de Terrazas y Saavedra, aunque su Historia verdadera, como sabemos, sólo sería publicada en 1632, cuando ya todos ellos eran muertos ilustres.
Las 175 octavas que conocemos del Nuevo Mundo y Conquista de Terrazas fueron recogidas por Baltasar Dorantes de Carranza en su extensa defensa de los descendientes de los conquistadores, titulada Sumaria relación de las cosas de la Nueva España, escrita entre 1601 y 1604, aunque sólo publicada en 1902. Sin embargo, muchos fragmentos del Nuevo Mundo y Conquista, así como de otros poetas del XVI, habían sido publicados en 1880 por Joaquín García Icazbalceta. Aunque el mismo estudioso advierte que "no dice en general Dorantes que todos [los fragmentos] sean de Terrazas (a quien llama nuestro Marón): en algunos expresa el nombre del autor, en otros le calla, y en uno después de haber puesto el de Terrazas, le borró y escribió arriba Arrázola. Existía [ ] un poeta de este nombre, amigo del otro: ¿quién nos asegura, pues, de que entre los fragmentos anónimos no haya alguno más de Arrázola? Y acaso pudiera terciar en la disputa Salvador de Cuenca que también hacía octavas al mismo asunto, y era probablemente hijo de Simón de Cuenca, otro mayordomo de Cortés. Imposible es conocer quién es el dueño de cada uno de los fragmentos, cuando Dorantes no le expresó" (García Icazbalceta 364).
Tampoco se conoce la fecha exacta de composición del poema, aunque se presume que Terrazas, muerto hacia 1600 según Dorantes, habría tenido su texto en preparación desde la década de 1580. Investigaciones recientes, sin embargo, ubican la muerte de Terrazas en ese mismo año (v. Lasarte 1997), por lo que se renueva la duda sobre la total pertenencia a la pluma de Terrazas de las estrofas recogidas por Dorantes. Prestigioso y apreciado por otras composiciones de tono petrarquista, hasta el punto de merecer el elogio de Miguel de Cervantes en su Canto de Calíope, Francisco de Terrazas no llegó, sin embargo, a un lugar protagónico en las letras del periodo. El poeta era hijo del conquistador del mismo nombre, figura importante en los avatares militares de Cortés y uno de sus colaboradores más cercanos, que llegó incluso a ser alcalde ordinario de México. El nacimiento y vida entera de Terrazas-hijo en la Nueva España lo convierten en testigo de primera fila del esplendor y ocaso de la institución de la encomienda. Es lo que él llama en su poema "el siglo de oro" de la presencia europea en el valle azteca. Por eso, aunque paradójicamente, el poema se encuentra intervenido de numerosas críticas al incumplimiento de las promesas de Cortés hechas a sus colaboradores, y de reproches a la Corona por la poca compensación que a la larga recibieron los demás conquistadores y sus descendientes. Dorantes incluye en su obra veintiún fragmentos del poema de Terrazas, de los cuales el más explícitamente cercano al tema de la subjetividad criolla es el fragmento titulado por Antonio Castro Leal (XVI) como "Alegato en favor de los hijos de los conquistadores".
En esta sección, Terrazas compara la suerte que han corrido los criollos y sus padres con el destino glorioso reservado a los generales romanos después de sus victorias. Menciona también la buena fortuna de los nobles castellanos que ayudaron a sus reyes en la guerra de la Reconquista. De este modo, el despojamiento por parte de la Corona hacia los encomenderos novohispanos resulta una aberración de la ley natural y de las costumbres tradicionales, pues
lleno está el siglo de guardar las leyesde generosas pagas de los reyes (Terrazas 84).
México, desde este punto de vista, nace dislocado de la historia universal, y resulta desde sus inicios un lugar de excepción y devenir anómalo. Aunque en principio defectiva, esta concepción del tiempo en el desarrollo histórico del Nuevo Mundo implicará la reformulación de los principios políticos y epistemológicos universales que supuestamente debían regir en la pretendida reproducción del reino de Castilla en las Indias. Terrazas expresa la anomalía señalando que:
sólo a ti, triste México, ha faltadolo que a nadie en el mundo le es negado (85).
En tal sentido, el destino todo de la sociedad novohispana es el de tratar a sus propios hijos como ajenos, y a los ajenos como propios, especialmente cuando se le dice a la tierra mexicana que
Madrastra nos has sido rigurosa,y dulce madre pía a los extraños (87).
Esta patria, entendida como la Ciudad de México, es una "ingrata", a la cual se desea que viva
[...] dichosacon hijos adoptivos largos años,
que con tu disfavor fiero, importuno,
consumiendo nos vamos uno a uno (ibid.).
Así, los descendientes de conquistadores que quedan en México están condenados a la desaparición, con lo que la posibilidad de una hegemonía estamental de este grupo de antiguos señores de la tierra queda condenada al fracaso. Y, con él, el de todos los ideales de un mundo de estirpe caballeresca sobrepujado por un estado lejano, aunque omnipresente y arbitrario. Se trata, desde tal perspectiva, de una monstruosidad histórica que genera otra y que permite en ésta, la de la identidad criolla mexicana, la reconstrucción de la propia imagen no sólo como diferencia, sino también como superioridad. Basta leer la contemporánea Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena para confirmar cómo se compensa discursivamente el derrumbe social criollo con la exacerbación de su complejo extrañamiento.
Terrazas termina su poema pidiendo que, si no se iban a conceder los reinos prometidos por Cortés a sus soldados, al menos la Corona debía dejar que "las encomiendas perpetuas fueran" (90). Así, por dignidad y vergüenza propia, se permitiría la sobrevivencia de los que en el poema se consideran los legítimos herederos del poder y la hacienda de México, los criollos que, como Terrazas, nacían llenos de virtud por la sangre heroica que corría en sus venas. De ahí que en 1604 Bernardo de Balbuena se encargara de elevar la religiosidad novohispana por encima de la europea (v. esp. el Cap. IV de Grandeza mexicana), lo mismo que haría, a fines del XVII, don Carlos de Sigüenza y Góngora en su Paraíso occidental. Para Balbuena y Sigüenza esta superioridad espiritual de los criollos es una justa prolongación de sus ancestros, que supieron en su momento sobreponerse cara a cara al Demonio, personaje supuestamente rampante en las creencias religiosas de la población azteca.
Terrazas, sin duda, ofrece una expresión relativamente temprana de un malestar que revela un nuevo punto de vista, en el que la melancolía será una de sus marcas señeras. A la vez, la alabanza de las hazañas de la conquista tendrá un doble filo, que reafirma una fidelidad regalista al mismo tiempo que denuncia la histórica injusticia cometida. Con este gesto dual se echan las bases discursivas propiamente americanas para el uso de un género de alto prestigio como la épica culta en la elaboración de una visión genuinamente descentrada del poder, la identidad y las propias fundaciones. Aunque la autoría final de algunos fragmentos del Nuevo Mundo y Conquista quede por definir entre Terrazas, José de Arrázola, Fernán González de Eslava y Salvador de Cuenca, como hemos visto, lo cierto es que la posición del sujeto de escritura (ya no del autor o autores materiales) es eminentemente melancólica y participa del ex abrupto diegético y las lamentaciones sobre la situación de su grupo social, acercándose así al historicismo de la llamada "épica de los vencidos", inspirada lejanamente en la Farsalia de Lucano. Pero no nos adelantemos demasiado y pasemos al segundo caso.
Se trata de otro notable criollo relacionado con esta misma perspectiva, don Antonio de Saavedra Guzmán, que publicó su Peregrino indiano en Madrid en 1599. El poema nos ha llegado en forma íntegra, y por eso mismo permite entender la complejidad y desarrollo de una trama completa, como es la expedición de Cortés hasta su triunfo sobre Cuautémoc, en veinte cantos. Saavedra también podía, como Terrazas, preciarse de sus ancestros: fue bisnieto del primer Conde de Castelar e hijo de uno de los primeros pobladores españoles de México. Se casó, además, con una nieta de Jorge de Alvarado, hermano del temible Pedro de Alvarado, protagonista de primera fila en la empresa conquistadora.
Del extenso poema de Saavedra, aunque muchas veces maltratado por la crítica literaria que encuentra en él menos mérito estético que en los de Lobo Lasso y Terrazas, podemos rescatar secciones de enorme interés para el problema que aquí nos atañe. Especialmente, se encuentra en las primeras diecisiete octavas del Canto XV una defensa directa de los descendientes de los conquistadores y una implacable argumentación contra el despojo sufrido de sus privilegios. La crítica se convierte en súplica a Felipe III para que ampare a estos descendientes y corrija los males del reino, pues
[h]ay como yo otros muchos olvidadoshijos, y nietos, todos descendientes
de los conquistadores desdichados,
capitanes y alféreces valientes:
los mas destos están arrinconados,
en lugares humildes diferentes,
sin tener en la tierra más que al cielo,
de quien sólo esperando están consuelo (Saavedra 402).
El problema del decaimiento y miseria de los criollos no se limita, además, a un asunto particular y minoritario, sino que convierte a México mismo en "mala Madrastra" (403), tal como ocurría en el poema de Terrazas. Aunque se reconoce el esfuerzo del Rey para mantener el buen gobierno a través de sabias cédulas, éstas, dice Saavedra, son raramente cumplidas en el Nuevo Mundo. Más aún, los legítimos herederos hispanos no sólo han sido despojados de las riquezas de México, sino que cada Virrey las reparte arbitrariamente "a quien [...] quisiere darlo" (404).
El "peregrino indiano" que inicialmente resulta Cortés, en fórmula que enfatiza el viaje hacia el Oeste, y con ello la translatio imperii al Nuevo Mundo, se convierte poco a poco en denominación de la propia figura de Saavedra, que se presenta en España, al Oriente de México, para reclamar sus derechos y labrarse una compensatoria fama literaria. El poema, recordemos, apareció en Madrid, en los talleres del conocido impresor Pedro Madrigal. En esta re-semantización del título del poema es posible observar las resquebrajaduras internas de una identidad no sólo dislocada geográficamente, sino también en términos sociales. La virtud del peregrinaje militar y religioso del héroe del poema -Cortés- puede entenderse así como la contracara de un peregrinaje mendicante -el del autor- en dirección opuesta. La reacción llega una generación más tarde, pero deformada. Y esta monstruosidad nuevamente supondrá, como en Terrazas, el cuestionamiento parcial de las fundaciones gloriosas y la homogeneidad de los discursos dominantes ante la aparición de agentes sociales con intereses propios, pero en obligada adaptación.
Podría multiplicarse la enumeración de ejemplos mexicanos, sobre todo si se hurgara más en la obra de los poetas y letrados (Terrazas, Saavedra, González de Eslava, Cervantes de Salazar, entre otros) que supuestamente conformaron la tertulia reunida a mediados de la década de 1560 quizá alrededor de don Martín Cortés (Peña 220). Según parece, de tal grupo saldrían algunos personajes comprometidos en la llamada conjuración del Marqués, que tenía por objeto coronar a éste como Rey de México (v. Suárez de Peralta, Cap. XXXII). Podrían también nombrarse algunos casos peruanos en que la ambigüedad y el extrañamiento se revelan en pasajes aparentemente insignificantes, como en los poemas épicos de Pedro de Oña y Juan de Miramontes, o en las crónicas de Ramos Gavilán, Buenaventura de Salinas o fray Antonio de la Calancha. Pero la lista sólo confirmaría el punto de partida para la reflexión que aquí interesa desarrollar: la de una tercera lectura, alternativa a la de la tradicional apendicitis a la que se reduce a los autores criollos (recuérdense los juicios despectivos y adánicos de Neruda y Vargas Llosa con respecto a la literatura virreinal), y alternativa también de una aplicación sin matices ni distancias de la equivalencia o prefiguración del discurso independentista ilustrado de fines del XVIII.
Mediante los conceptos de monstruosidad, extrañeza y dislocamiento podemos comenzar a delimitar cómo debajo del plano superficial del discurso de fidelidad a la Corona se está planteando el reclamo de una autonomía relativa y reconocimiento político del grupo criollo dentro de los reinos de Ultramar. Si en el mismo periodo se empleaba el concepto de nación para referirse a los habitantes de la península como "nación extremeña" o "nación andaluza", es fácil ubicar el mismo uso en algunos escritos que se refieren a los grupos de neo-europeos dislocados.
Es cierto que en muchos casos la diferencia será tan pequeña que se tomarán los contrajemplos (piénsese en Juan Ruiz de Alarcón o en Sor Juana) como regla general de la equivalencia entre criollos y "gachupines". Pero recordemos que conviene subrayar la heterogeneidad al interior del grupo criollo, y cómo en uno de sus sectores específicos, el de los descendientes directos de los conquistadores, la "imitación diferencial" (v. Dubois 12), permite entrever el fondo de un iceberg de subjetividades encontradas y formuladas sólo a medias.
Sería tentador hablar también de la mímesis engañosa del sujeto colonizado de la India del XVIII a la que se refiere Homi Bhabha en su célebre artículo "On mimicry and man" de 1984. Pero nuevamente nos encontramos con que en el caso de nuestros criollos mexicanos de fines del XVI el vínculo con el poder imperial es también de pertenencia, y la estrategia imitadora muchas veces tiene el cariz de un enfrentamiento directo, casi un reproche y un reclamo filial, y no de un "camuflaje". Si este tentáculo neomundano de la Metrópoli (desde el punto de vista de los grupos indígenas) es un ente casi enteramente discernible, en el que la melancolía se alimenta no tanto por el abuso de una presencia extranjera sino por el desarraigo de los propios semejantes, ¿por qué no apuntar a un concepto de nación étnica problemática que encuentra en la doble cara de su discurso una de las cifras de su identidad?
El fenómeno, por otro lado, es percibido también por autores que desde la propia península, como Lobo Lasso de la Vega, ven ya el extrañamiento del español peninsular cuando se cruza y se transforma con la experiencia americana. Pero al focalizarse el dislocamiento desde la frontera, se resuelve el descentramiento de la subjetividad con un re-centramiento discursivo, como se ve tan claramente en la Grandeza mexicana de Balbuena y en los pasajes de Terrazas y Saavedra que sitúan el paradigma del heroísmo bélico y religioso ya no en las hazañas de la Reconquista sino en el nuevo contexto americano. La re-fundación del Imperio adquiere entonces connotaciones cosmogónicas, que se organizan dentro del pensamiento analógico de la explicación de una grandeza sucesiva según el recorrido del sol: de Grecia se pasó a Roma, de Roma a España, y luego la parada obligada sería el Nuevo Mundo, en el antes extremo occidental, las nuevas Hespérides, pero luego convertido en centro por obra y gracia del discurso heroico. No por nada el dios "Heros" (con hache, el hijo de Hera), significa aire que eleva hacia la divinidad, como decía fray Jerónimo Román (f. 239v).
La constitución del re-centramiento y la cura momentánea de la melancolía se ejercen por medio de una escritura alterna que re-significa al modelo. "Todo en este discurso está cifrado", dice Bernardo de Balbuena al presentar su Grandeza mexicana. Y, en efecto, el malestar de Terrazas y Saavedra puede asumir la cara de la autoglorificación que le demuestre al objeto de deseo español su propia inferioridad. Recordemos la célebre apología de la excelencia criolla que hace fray Antonio de la Calancha en 1638:
Si el Perú es la tierra en que más igualdad tienen los días, más templanza los tiempos, más benignidad los aires y las aguas, el suelo fértil, y el cielo amigable; luego criará las cosas más hermosas, y las gentes más benignas y afables que Asia y Europa (Calancha f. 68).
En este sentido, no son tampoco gratuitas las imágenes de los criollos limeños Rodrigo de Valdés y Pedro de Peralta, ya entre fines del XVII y principios del XVIII, cuando caracterizan a Lima y a sus criollos habitantes como una Ariadna mal retribuida por el Teseo español, y le reprochan a éste el abandono y descuido de su mejor mitad (v. Valdés f. 2; Peralta f. s/n).
Pero no nos alejemos demasiado de nuestro punto de partida. Por mucho que el número de "criollos resentidos" haya sido pequeño en relación con las oleadas de peninsulares, y abrumadoramente minúsculo con respecto a las ingentes naciones indígenas y de origen africano, el valor de su especificidad es el que nos importa. Para el mejor conocimiento de una sociedad literalmente alterada (por no decir alterizada) nada más útil que mirar esta producción aparentemente imitativa en diálogo con su entorno inmediato. Sin embargo, tampoco es adecuado plantear una oposición radical en tan temprano periodo. La colonización propiamente dicha de los sectores criollos vendrá con las reformas borbónicas de la segunda mitad del XVIII, que representarán una "segunda conquista", según la llama John Lynch (Introd.) y desatarán un discurso de explítica ruptura o, en su defecto, entonces sí, de verdadero "camuflaje" estratégico.
Para los dos primeros siglos de la presencia española en el Nuevo Mundo, el surgimiento de una agencia mediadora, pero a la vez problematizada desde su propia perspectiva, se convierte en un objeto definido por los propios requerimientos de expansión de la disciplina, que va reelaborando así su propio aparato teórico. Con esta reformulación del campo, lejos ya de los extremos hispanófilos y de los nacionalistas, se puede seguir cuestionando el uso del concepto de colonia a secas considerando el resquebrajamiento interno del discurso criollo, y las consecuencias directas e indirectas que éste tiene sobre el imaginario peninsular. Si aceptamos que el concepto de agencia excede al de sujeto y le permite liberarse del encasillamiento ontológico en que la teoría crítica puede encerrarlo (v. P. Smith 30), estaremos de acuerdo en que las estrategias discursivas de esta agencia humana llevan a la autoproclamación de la diferencia como identidad colectiva. Y aceptar esta desemejanza que no quiere llegar a la otredad en que el sujeto dominante cataloga al indio o al africano es de alguna manera darle curso a la continuidad de un autorreconocimiento en la comunidad de experiencias dentro de un contexto inmediato. Entre las más notables importan tanto el lugar de nacimiento como el maltrato esquizoide de una Corona-padre que castiga a sus hijos lejanos. La consiguiente escisión interna y la formulación de un amor-odio se autoconstituyen al elaborarse posibilidades expresivas no siempre comunes ni previstas dentro de un discurso exclusivamente formado al interior de la península.
Lo importante es no conformarse con repetir las prácticas de la crítica convencional, que funda tradiciones nacionales sólo a partir del discurso bolivariano o las adelanta hasta este discurso virreinal de la diferencia que no llega a serlo del todo. Hablar de una nación étnica no resulta, como señalé al principio, del todo aventurado. Naturalmente, habrá continuidades y discontinuidades con la identidad de los posteriores criollos ilustrados. Pero debe considerarse que, por ejemplo, en el caso mexicano la constitución de un nacionalismo neo-aztequista como el que estudia John Leddy Phelan para fines del siglo XVII y durante el XVIII se da en manos de élites criollas que no ven mayor peligro en exaltar las glorias indígenas pasadas (v. también Pagden 66-67). Esto es explicable dado que la continuidad del poder azteca no ocurría por línea de sucesión sanguínea. De ahí que un Sigüenza y Góngora se permitiera en su Theatro de virtudes políticas de 1680 recomendar al Virrey Marqués de la Laguna que adoptara las virtudes de los antiguos gobernantes aztecas, mientras que en el caso peruano esto hubiera resultado impensable. El desarrollo del nacionalismo inca del siglo XVIII que estudia John Howland Rowe está más bien en manos de los herederos directos, indígenas y mestizos, de la realeza cuzqueña. Es curioso que aún en el siglo XX, volviendo finalmente al caso mexicano, la execración de los criollos se siga haciendo a costa de las virtudes de un retórico proyecto mestizófilo, a todas luces hoy cuestionable por su carácter autoritariamente unimismador. Opinaba, por ejemplo, Benítez en 1953 que "el hombre de acción, el musculoso guerrero [conquistador] capaz de embarcarse en las más disparatadas empresas, aquella energía verdaderamente diabólica que lo hacía invencible, desaparece en el hijo, y la propia estimación, la idea elevada que tenía el aventurero de sí mismo, se transforma, al heredarla su vástago, en una estimación derivada no ya de un hecho personal, sino de una hazaña ajena, petrificada en la figura, al parecer nada estimulante, de un árbol genealógico" (Benítez 299). A esta escuálida personalidad del criollo se le atribuyen, además, "su odio hacia el bastardo y el plebeyo, su terca oposición al nuevo colono -uno de los elementos activos de la nacionalidad- y su desprecio al mestizo, a ese mestizo que andando el tiempo le daría a México su perfil insobornable [ ]" (Benítez 303, énfasis agregado). Este anticriollismo, sin duda, será superado por autores más recientes (v., por ejemplo, Florescano, Introd.), que reconocen que ya es insostenible hablar de una sola identidad mexicana, cuando históricamente han coexistido muchas, "insobornables" o no.
Por todo ello, así como ha habido aportes fundamentales dentro del campo de los estudios llamados coloniales en los últimos años con respecto a la producción discursiva y semiótica indígena, mestiza y afro-americana, la revisión de las agencias criollas en su interacción con esos mismos sectores nos puede brindar lecturas mucho más ricas que las de la simple genealogía textual y la historia literaria entendida en los términos más tradicionales. Ese es el sentido al que apuntan, precisamente, las reflexiones anteriores.
BIBLIOGRAFÍA CITADA
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