EL ROMANCE FUNDACIONAL EN PERU Y BOLIVIA:

DOS PROYECTOS DE NACION UNIFICADA POSTERGADOS

 

Tal vez la palabra que precede a toda palabra, y a la que responde, dibuje en este caso un arco inesperado: con la que dice familia se contesta a la que pregunta por la nación"

(Antonio Cornejo Polar Escribir en el aire)

 

La familia como alegoría de la nación no es tema nuevo en el estudio de la literatura latinoamericana decimonónica. Hay una rica literatura crítica que se aproxima a este corpus, entendiendo que las novelas románticas, en especial, tienden a lidiar con cuestiones de clase, raza, regionalismo, divisiones urbano-rurales, desde el punto de vista de las relaciones interpersonales. Éste grupo de novelas, ya se anclen en la historia con referencias directas (como lo hacen, por ejemplo Amalia y Martín Rivas) o no (como sucede en María), alían los proyectos románticos con los proyectos políticos, o más bien, utilizan a la relación de pareja como alegoría de la generación de una nación . Indagando en la temática de la nación en la novela, Antonio Cornejo Polar ya ha estudiado las novelas que tratamos hoy: la primera, Aves sin nido (1889) en lo que liga el espacio familiar y sus negociaciones a la problemática de las relaciones raciales y la segunda, Juan de la Rosa (1885) en lo que concierne a la construcción "de una historia ejemplar como forjadora de la Independencia (y de la identidad) de Bolivia y &emdash;de otra parte&emdash; con el vínculo entre filiación y nacionalidad" (137). Si esta ficción tiene estribaderos de hechos históricos específicos, tiene la facultad de crear un puente entre lo personal y lo público.

Me es difícil leer a ninguna protagonista como símbolo de la nación en sí, pero me interesa explorar la relación del microcosmos familiar al macrocosmos nacional a través de la figura de la mujer como se representa en estas obras, con particular atención al pertubador cruce de erotización, maternidad y violencia. Este cruce, vale decirlo desde el principio, tiende a ocurrir en momentos donde las divisiones entre lo público y lo privado se desmoronan inorgánicamente, es decir no cuando la figura femenina se libera de su confinamiento al espacio privado sino cuando es empujada fuera del mismo hacia un espacio público en el cual se ve forzada a negociar todo&emdash; lo personal y lo público, lo moral, lo social, lo económico, lo sexual. A medida que leemos estas instancias problemáticas, se desencadenan una serie de interrogantes acerca de las falencias crónicas de las sociedades que habitan estas mujeres y podemos ir deshilvanando su relación al concepto de nación y a la familia en un momento de preocupación sobre la posibilidad o imposibilidad de fundar, o más bien re-fundar una nación capaz de ser madre de todos sus hijos (aquí se puede leer, todas sus razas).

Breve marco histórico

La independencia y la necesidad de comenzar a fundar nación llegan a Bolivia y a Perú dentro del mismo marco temporal que a la mayoría de América del Sur. Los primeros años de independencia son de una difícil e inestable administración. Ambas novelas se producen después de la derrota de la guerra del Pacífico, en momentos de propuestas de modernización económica y política que se ven sin frutos repetidamente, a pesar de una cierta estabilidad que reina justo después de la guerra. Juan de la Rosa se niega a privilegiar la retórica del amor, y Aves sin nido no propone ninguna avenida productiva que dé indicios de una unidad nacional posible. Cabe preguntarse si estas dos novelas no se constituyen como reflejos (críticos) de un tipo específico de proyecto fundacional enfermizo cuya voluntad es mantener las estructuras de poder que se aferran a modelos pseudo-feudales basados en la explotación del indígena. En vez de ser relatos esperanzadores situados en la infancia de una nación independiente, son lamentos ante la osificación de estructuras que podían haber desaparecido (para bien) con la llegada de la independencia.

 

La anti-nación

Maternidad e incertidumbre

Juan de la Rosa se resiste a proponer una unión productiva. Desde su primer capítulo nos encontramos con el dolor de la maternidad y el futuro incierto del hijo. La novela se abre con la descripción de Rosita y de su espacio. La madre de Juanito, a pesar de ser bañada con adjetivos de ternura ("ángel tutelar de mi infancia", "su solicitud maternal", "su cariño") se quita el rubro de madre y se refiere a su hijo como "el niño" (9). Sólo cuando sucumbe al "grito irresistible de la naturaleza" permite que se le escape "hijo" (9). Son esos momentos cuando más sufre, ya que el reconocimiento de su maternidad y la identificación de Juanito como su hijo le recuerdan la historia de su propia vida y la hacen ver el futuro del niño con tristes esperanzas. La maternidad se constituye como el ideal que debería ser, pero que, por circunstancias externas, muchas veces ininteligibles para el partido interesado (el niño), se convierte en la fuente de inevitable dolor. Y sin embargo, la no-maternidad tampoco es una opción. La desilusión con la reproducción es ambivalente. El narrador dice que le daba con "gozo" y "orgullo el dulce nombre de madre" (9). Sin embargo en ningún momento de la narración se refiere a ella así. Siempre la llama Rosita. El viejo narrador, ya con la desilusión de las primeras dos generaciones de la nación independiente, no se permite utilizar la palabra "madre" y así enfatiza su orfandad.

La reinserción de Rosita en un esquema que la haga plenamente feliz es imposible. Su maternidad es lo que la aisla y lo que la hace a la vez feliz e infeliz. Es una madre contradictoria, o tal vez una mujer que ha sido madre demasiado temprano en más de un sentido: demasiado joven, y demasiado pronto en términos del momento histórico &emdash;su tragedia es en gran parte el resultado de los vestigios de valores falsos de nobleza y realeza que abriga el padre de Carlos. Rosita, la huérfana mestiza (aunque de apariencia criolla) no puede ser la esposa de Carlos porque su familia no la considera digna de él. La pareja se une a pesar de las objeciones familiares pero es separada por la fuerza. Carlos pierde la razón y Rosita es echada de la casa donde se criaba. Este podría constituirse como un romance trágico pero todavía fundacional. Después de todo, gran parete de los romances fundacionales tienen finales trágicos. Pero esta novela no se estructura alrededor de la retórica del amor. Tampoco contruye la existencia de Juanito como la esperanza que queda después de la tormenta. La historia de Rosita y Carlos no es más que un eco, un secreto que, cuando se descubre, ya no es relevante al futuro de Juanito. Al enterarse de la verdad, Juanito sólo llega al lecho de muerte de su padre para cerrarle los ojos. El romance sirve como un elemento que añade al sentido de desesperación por lo que podría haber sido y también a la llamada urgente hacia un cambio cuyos detalles no se pueden vislumbrar aún.

La muerte &emdash;no el romance &emdash;organiza esta novela. Las encrucijadas principales se presentan ante momentos fatales y Juanito invariablemente toma caminos que lo salvan pero que también lo llevan a presenciar la muerte de los que lo rodean. El discurso de sexualidad productiva pasa a un segundo o tercer plano, como algo para lo cual ni la nación ni Juanito están preparados. Primero es preciso madurar. La poca madurez, la falta de fortaleza para establecer un sistema de valores propio llevan a una tragedia "antinacional", una tragedia que empuja a la madre fuera de la esfera privada sin haberla preparado para triunfar en el espacio público. Enferma, a penas sobreviviendo como costurera, Rosita muere y deja a Juanito al cuidado de Teresa, la hermana de Carlos que detesta a Rosita y todo lo relacionado a ella. El padre, por otro lado, ya loco y fuera del espacio público, también muere. El hijo queda desamparado y en medio de la guerra. Huerfano, se constituye como la esperanza incierta de la nación. Si bien se puede esperar que llegue a ser "un hombre de bien", como se espera que la nación se constituya en nación moderna y justa, la falta de una guía, un camino trazado es un obstáculo potencialmente insalvable.

Si pensamos en la maternidad como un factor de solidaridad femenina a través de las divisiones raciales y de clase en Aves sin nido, podemos también ver que en ningún caso esta maternidad desemboca en propuestas de integración nacional. El símbolo de la unión productiva de razas, de culturas, de diferentes modos de vida se asoma, pero queda como el hito incompleto de la novela. Margarita, la mestiza que respeta su herencia india y que aprende con avidez los conocimientos occidentales se enamora de Manuel, el joven abogado que la ama sin reparar en su raza. Pero esta pareja descubre que son hermanos, hijos del mismo obispo. El romance que había corrido como un hilo rojo a través de la novela se queda trunco ya que las posibles consecuencias de una consumación se hacen impensables. Queda el sabor de las varias sub-tramas donde las mujeres, madres o no, sirven de ejemplo moral ingenuo ante la corrupción y el abuso generalizado en la provincia.

Violencias

En Aves sin nido hay dos familias indígenas que interactúan con Fernando y Lucía Marín: Los Yupanqui y los Champi. Los Yupanqui mueren y los Champi quedan en la miseria, a pesar de la protección que los Marín intentan darles. Es digno de subrayar que en ambos casos quienes intentan negociar activamente con los "notables" son las esposas. Marcela Yupanqui es quien pide ayuda a Lucía para defenderse de las demandas de los notables y del cura Pascual cuando su esposo Juan ha perdido la esperanza y habla incluso de suicidarse. Martina Champi también intenta liberar a su marido a cambio de cuatro vacas, que su compadre Escobedo le pide para interceder por él y sobornar a las autoridades. Quisiera subrayar la inocencia que la novela insiste en inscribir sobre las mujeres indígenas y el hecho de que los hombres se niegan a tratar de obtener justicia precisamente porque han adquirido un cinismo fatalista respecto a las posibilidades de negociación. Cuando los esposos desaparecen del cuadro, las mujeres, por defender su espacio privado (su familia) se lanzan al espacio público con demasiada inocencia:

"&emdash;¿Con cuatro vacas saldrá libre mi Isidro?

&emdash;¿Como no comadritay? Una daremos al gobernador, otra al juez, otra al subprefecto, y la última quedaría, pues, para tu compadre

[…] Wiracocha compadritoy, anda, pues, sin cachaza, yo tengo que llevar los abrigos para Isidro y le contaré que tú vas a salvarnos; adiós

&emdash;Ratón, caíste en la ratonera&emdash;díjose riendo Escobedo" (141)

Cuando Martina cuenta lo ocurrido a Isidro éste no tiene más remedio que lamentarse. Sabe cuánto vale realmente la palabra de Escobedo. Martina insiste en guardar la esperanza. Pero a todo esto, la intercesión de Lucía, Fernando y Manuel, logran salvar a Isidro de la cárcel. La inocencia de Martina logra, a pesar de lo esperado, un resultado postivo, pero sólo gracias a la alianza con Fernando y Manuel a través de Lucía. La incursión no de una mujer, sino de varias, en el espacio público logra crear alianzas a través de niveles de clase y de raza a favor de un supuesto bien público. Quienes dan el primer paso son las mujeres que piden ayuda de otras mujeres y éstas, que piden ayuda a los hombres que consideran sus aliados morales y éticos. Es así que Lucía no repara en pedir ayuda a Manuel y que los discursos de Fernando acerca de la educación del indio encuentran en Lucía una receptora que inserta ideas prácticas, familiares, entre las líneas de Fernando. Lucía es, después de todo, quien decide adoptar a Margarita y a Rosalía Yupanqui, y quien insiste en educarlas. Fernando aplaude la decisión y la apoya con sus discursos sobre la educación, pero no la origina.

Por otro lado, las mujeres que se ven obligadas a desenvolverse en el terreno de lo público se ven expuestas a actos de violencia. Marcela es herida por una bala y luego muere al tratar de defender, con su marido, que muere de un balazo instantáneamente, la casa de sus protectores. La causa del siniestro es el intento inocente de Lucía de razonar con los notables a favor de los Yupanqui. Lucía trae la violencia a su espacio familiar al intentar lidiar con un sistema de valores completamente distinto. Sus argumentos son morales y de decoro, y caen en oídos sordos por no estar respaldados por el poder, cualquier poder. Como respuesta, los notables deciden intentar asesinar a los Marín. El intento de Lucía y Marcela de negociar en el espacio público desencadena la violencia que pesa sobre el resto de la novela.

Nótese que estas entradas en el espacio público, aquí incluso en la esfera pública (ya que Lucía intenta entablar un debate ético con los notables), no son movimientos completamente libres de presión. La intromisión de Lucía es una combinación de su sentido de "lo justo", su inocente fe en una base común de valores en la sociedad que habita y su solidaridad por Marcela. Estas mujeres se desenvuelven mal en el espacio público porque agentes que sí acostumbran negociar en este espacio intentan desestabilizar el espacio privado de Marcela con modelos de opresión sistémica.

Esto nos lleva a Teodora, la excepción. Teodora es la única mujer que sí opera con un código capaz de detener los intentos de abuso de los pequeños burócratas y militares asignados a la provincia. Como quien sabre resguardar su espacio privado, Teodora burla a los soldados y al coroniel que pretende robarla de su casa. Cuando el espacio público intenta penetrar en el espacio privado, Teodora decide jugar con otras reglas y en vez de apelar a códigos morales y de caballerosidad, asume la pérdida de la vigencia de estos códigos y no usa argumentos &emdash;usa astucia:

"&emdash;Sería mejor que te volvieras de aquí nomás [le dice Teodora a su padre mientras cabalgan, huyendo de la fiesta hacia Kíllac]. No corro riesgo alguno yendo con Anselmo. Chollopocchí es manso y conoce bien el camino, la distancia es ya corta, la luna no tardará en alumbrar; y sobre todo, si a ellos se les ha ocurrido averiguar por nosotros, si por acaso descubren lo del viaje, no dudes que nos sigan, nos alcancen, nos pillen, y borrachitos…

&emdash;¡Cataplúm! Teodora, hablas como el misal de la parroquia…lo cierto es que las mujeres se pintan para urdir estos lances" (151)

Pero cuando las mujeres de la novela no logran cambiar de códigos (éticos y tácticos) de acuerdo a la situación, se encuentran en el espacio público sin las armas para defenderse. Su fuerza proviene entonces de su capacidad de pedir la ayuda de quienes responden a sus principios morales y de justicia y de la inocencia de creer en cierta moral universal como agente capaz de subsanar estructuras. La primera propuesta es efectiva, la segunda sirve de crítica pero logra poco. Matto no propone nada específico pero pone en boca de los protagonistas (Fernando y Manuel) ideales progresistas que deberían servir de base ideológica para cambios puntuales.

Erotización y condena a Muerte

Pasemos ahora al tema de la erotización de la mujer y su conección con la muerte. En Juan de la Rosa , el primero en desligarse del erotismo es el mismo protagonista y narrador. El niño, el resultado del amor de Carlos y Rosita es también el anciano que cuenta los detalles de los primeros pasos de la independencia. Se sitúa cuidadosamente dentro de dos momentos donde su sexualidad y su reproductividad son irrelevantes. Primero, es un anciano que, después de tomarse unas copas de más intenta abrazar a Mercedes y es rechazado no por falta de amor sino porque es "demasiado viejo". Menciona a su amada "Merceditas" varias veces pero sEolo como compañera de su vejez y protectora. La figura materna se reconstituye, pero en una mujer que se encoleriza cuando la quieren abrazar y que no tiene &emdash;dentro de la narración&emdash; ninguna conexión con la reproducción. Juanito, como protagonista también se encuentra primero demasiado joven para descubrir un erotismo con potenciales reproductivos y, cuando ya tiene 16 años, se encuentra en medio de la guerra de la independencia, cuando todos sus protectores y amigos mueren o están por morir. Sus preocupaciones eróticas, si las tenía, tienen que ser postergadas.

Además, Juanito no llega a formar una amistad duradera con ninguna mujer. Las mujeres que se erotizan tienden a morir. Mariquita, la linda cholita que Juanito conoce al ir a Las Higueras es encontrada muerta en medio de la casa saqueada y quemada por las fuerzas españolas. Juanito logra ver "el cuerpo de Mariquita, tendido de espaldas, con los brazos en cruz, casi desnudo, cayendo sobre él las brasas del techo incendiado" (116). Violada, muerta, Mariquita es todavía destrozada por una madera ardiente que cae del techo. La violencia que gira entorno a la sexualidad sugiere que en esta novela hay un tiempo para la sexualidad productiva y que ése aún no ha llegado. Primero se deben eliminar los factores anti-nación que impiden la producción de esa raza nacional que se empieza a sugerir a fines de siglo y con más ahínco desde la primera década del siglo XX (cabe mencionar que la idea de integración nacional sin mestizaje ni asimilación cultural homogeneizante todavía no se ha formulado como ideal nacional y no se formula concretamente hasta después de los 50).

Clara también muere entre la violencia y la sexualidad. En una de las calles de Cochabamba, la "pobre palomita" se defiende como una "leona" ante dos soldados de Goyeneche. Con la ropa desgarrada, los hombros desnudos y el pelo suelto, nos dice el narrador, "estaba hermosa así, Dios mío" (219). Para defender su pureza hace explotar una dinamita en su seno. Ambas muchachas son mestizas. La primera, chola, la segunda occidentalizada. En todo caso son, hasta su muerte, objetos de deseo que no pueden reproducirse en paz. Son dos destinos más violentos pero comparables al de Rosita que si bien se reproduce, no puede disfrutar de ser llamada madre, y termina muriendo sola.

La única figura erotizada que sí sobrevive es Carmencita, pero es una niña pequeña y es blanca, rubia e hija de doña Teresa, la figura que inculca racismo, clasismo y valores de antes de la independencia (de clase y abolengo) por encima de todo. Las pocas apariciones de Carmencita están colmadas de un lenguaje erótico hecho inocente por su edad: sus lindos bracitos desnudos, sus dedos rosados, su suave cabello. Antes de la partida de Juanito hacia Las Higueras, "una linda cabecita rubia, más bella en su desgreño matinal, arrimada a los barrotes de la ventana del dormitorio…me mandó un beso con sus deditos sonrosados" (91). Los besos al aire y el contacto físico (sentarse en las faldas de Juan, abrazarlo, darle la mano) sólo se dan lugar a través de la niña. Su potencial fuerza erótica se podría traducir en una fuerza reproductiva a futuro, en un futuro menos rígido ante las necesidades de una nación naciente y heterogénea.

Sin embargo, el proyecto de mestizaje no existe como tal en Juan de la Rosa. Si Rosita tiene unas "gotas" de sangre india en sus venas, ésta raza no se deja distinguir más que en las pequeñas gracias que la caracterizan: los dientes pequeños y juntos "como solo pueden tenerlos las mujeres indias de cuya sangre debían correr algunas gotas en sus venas" (10). Culturalmente, Rosita puede pasar por criolla, salvo cuando canta porque canta lamentos quechuas. Juan recuerda escucharla entonar el yaravi de la despedida de Manco Inca "demandando la muerte para no ver la eterna esclavitud de su raza" (11). Es una mediadora entre las dos culturas y las une por un puente de lamentos.

Volviendo al tema de la violencia en Juan de la Rosa, vale mencionar que el narrador se refiere a un momento crucial y dramático de la invasión del espacio público por las mujeres, el cual lleva a su masacre: las mujeres de Chochabamba se enfrentan solas a las tropas de Goyeneche y son masacradas. Además hay una doble capa de intrusión femenina ya que Mercedes le sugiere al viejo narrador que inserte un pasaje sobre este acontecimiento:

"&emdash; Yo pondría aquí cuatro renglones de un libro que conozco y tuvo gran nombre en tiempos gloriosos para tu patria

[…] tomó de mi estante el pequeño volumen de La educación de las madres, por AIME MARTIN; lo abrió en la pagina que tenía señalada con una cinta de los tres colores nacionales y lo presentó a mis ojos […]

'La América de los Estados Unidos es un mundo nuevo que nace para las nuevas ideas … Tal será la América del Sud después de su triunfo; porque no puede dejar de triunfar la nación en que las mujeres combaten por la causa de la independencia y mueren al lado de sus hermanos y de su marido. Ha de triunfar la nación en que un oficial pregunta cada noche en presencia del ejército: "¿están las mujeres de Cochabamba?" y en que otro oficial responde: "Gloria a Dios, han muerto todas por la patria en el campo de honor"

"Estas cosa deben ser recordadas de todos modos: en los libros, en el bronce, en el mármol y el granito. […] serviría mucho para enseñar a las nuevas generaciones el santo amor a la patria que, ¡vive Dios! Parece ya muy amortiguado" (211)

Y hay una tercera capa aún, puesto que este relato, sobre las mujeres de la Coronilla, sugerido por Mercedes, termina siendo la causa de que el día de la Madre en Bolivia sea el 27 de Mayo, aniversario de esta masacre. A lo que me voy es que en ninguna de estas dos novelas se presenta el cruce de lo público y lo privado en lo que concierne a la mujer como algo libre de serios riesgos, pero tampoco se pueden permitir el no salir de un espacio y entrar al otro. Aún cuando carecen (por opresiones sistémicas, si se quiere) de armas intelectuales (en el caso de Lucía, Marcela y Martina) o de armas físicas, se ven obligadas a insertarse en lo público para pregonar sus valores morales y éticos. El choque doloroso causa muertes pero también logra pequeños cambios que, vistos individualmente no hubieran valido la pena, pero vistos como primeros pasos, siembran cierta esperanza de una nación integrada más adelante, en un futuro idealizado.

Conclusión

Estas dos novelas, aunque se aproximan bastante explícitamente a la problemática de los proyectos de nación, se desligan de manera fundamental del paradigma de la novela romántica fundacional al ser, a fin de cuentas, proyectos estériles. El símbolo de la madre como nación se ve truncado una y otra vez, la posibilidad de erotización del cuerpo femenino (con consiguientes esperanzas fértiles) también se problematiza. Si a la pregunta del futuro de la nación, la novela responde con el destino de la familia entonces el entender las representaciones femeninas y sus posibilidades de establecer y/o defender una familia permite vislumbrar críticas mayores, problemas irresueltos, y proyectos de reforma a largo plazo.

La convergencia de erotización y violencia en relación a la mujer se repite de manera perturbadora en Juan de la Rosa y, de manera menos exacerbada, en Aves sin nido. La mujer, expulsada por circunstancias mayores, sociales, políticas de su espacio privado, familiar, se hace a una vez víctima y única solución visible de las estructuras que se critica. Lo que propongo es que el espacio privado, femenino en el siglo XIX, no sólo es invadido por lo público sino que lo invade, proponiendo reflexiones morales, lamentos, si se quiere, a falta de soluciones prácticas.

La patología social se subraya a través de dislocaciones familiares, imposibilidades de erotismos productivos y movimientos forzosos y dolorosos entre espacios públicos y privados Lo que queda, no es una desesperanza completa sino un sentido de momento equívoco. Si la familia es la alegoría de la nación, el establecerla y estabilizarla, el crear generaciones nuevas en un ambiente no patológico todavía no es posible. Pero en Aves sin nido como en Juan de la Rosa, lo que se subraya no es la imposibilidad sino la postergación, mientras los peores males se corrigen:

"¿Y va usted [Dice Fernando Marín] a entrar en pugna con vicios que gozan del privilegio de arraigados, con errores que fructifican bajo el árbol de las COSTUMBRES, sin modelos, sin estímulos que despierten las almas de la atonía…Me parece cosa difícil, don Manuel…

&emdash;Ésa, precisamente, ésa es la lucha de la juventud peruana desterrada en estas regiones. Tengo la esperanza, don Fernando, de que la civilización que se persigue…no tarde en manifestarse, constituyendo la felicidad de la familia y, como consecuencia lógica, la felicidad social." (103)