TRAS LA HUELLA DE FRAY MARTIN DE MURUA

 

Juan M. Ossio

 

I.- INTRODUCCION.-

No es infrecuente que cuando un investigador sucumbe ante un determinado tema su perseverancia se vea recompensada con el descubrimiento de nuevas ideas y pistas insospechadas que a veces se presentan de manera fortuita. Para un paleontólogo una mandíbula o un cráneo largamente buscado puede ser el espécimen necesario que actúe de eslabón perdido para enlazar al homo sapiens con los homínidos. La tumba de un rey, un hacha de piedra o una ciudadela puede ser la clave de un arqueólogo para dilucidar la antigüedad y la configuración de una cultura pasada. En el caso de un historiador, la aparición de un nuevo documento puede ser vital para esclarecer muchos acontecimientos de un periodo pasado. En el Perú este es particularmente el caso para la etapa prehispánica que no cuenta con una documentación muy vasta y, por haberse desconocido la escritura en aquella época, estar tamizada por el filtro europeo.

En mi trajinar por los derroteros prehispánicos una preocupación que siempre me asaltó, quizá bajo el influjo de antropólogos como Tom Zuidema y John Murra, fue averiguar la idea de historia que desarrollaron s us habitantes. Así como para los historiadores una primera regla es evitar ser anacrónicos para los antropólogos ella se traduce en evitar ser etnocéntricos. En ambos casos el supuesto implícito es romper con la costumbre casi atávica de proyectar las ideas que nutren la vida cotidiana del investigador a otros tiempos y otras culturas.

Hoy menos que hace unos treinta años atrás la mayor parte de las publicaciones sobre los Incas, y ni que decir de las culturas que los precedieron, adolecían de estos defectos. Es comprensible que dado que la historia y la antropología no habían llegado al grado de sistematización que han alcanzado en nuestros días los cronistas de los siglos XVI y XVII que se interesaron por las costumbres indígenas las entendiesen y describiesen en términos europeos. Ninguno de ellos estaba en la capacidad de concebir que categorías de pensamiento como el tiempo y el espacio, o las ideas sobre la historia eran el producto de representaciones colectivas no necesariamente iguales a las de ellos. Menos tenían la aptitud de evaluar las creencias con relación a conjuntos significativos. Que sí podían advertir diferencias, no lo dudamos. También que llegaron a conocer a las lenguas nativas al punto de escribir magníficas gramáticas y vocabularios. Pero lo que les faltó fue trascender sus propias premisas culturales y situar sus observaciones en el contexto cultural de los indígenas.

Lo que no es excusable es que cuando ya se cuentan con estos instrumentos metodológicos muchos historiadores sigan sin apartarse de estos cánones que dominaron a los mencionados cronistas. No es pues admisible que las dinastías de los incas sigan siendo concebidas con el grado de historicidad que pudieron tener la de los reyes europeos de los tiempos modernos y que, por lo tanto, puedan ser tomadas como hitos cronológicos. Menos aun que cada miembro de estas dinastías pueda ser tomado como un personaje histórico a quien se le puede reconstruir su biografía.

Es con estas preocupaciones en mente que emprendí mi investigación sobre la idea de la historia en Felipe Guaman Poma de Ayala que a la postre me llevó a juzgar su obra más como una "carta al Rey", siguiendo un membrete sugerido por John Murra, que una "Nueva Coronica". Aparte de esclarecer sus ideas sobre la historia, esta investigación me introdujo al tema del mesianismo, a los distintos modos de aculturación y a muchos otros más que sería largo de enumerar. Pero de todos ellos ahora quiero hacer hincapié en aquel que versa sobre sus vínculos con el cronista mercedario Fray Martín de Murúa.

El mero hecho de haber escrito entre los siglos XVI y XVII un documento con cerca de 1, 200 páginas, de las cuales más de 400 contienen dibujos, y de haberlo titulado "El Primer Nueva Coronica y Buen Gobierno" sugiere que estamos ante un autor letrado y que estuvo familiarizado con los géneros narrativos históricos de aquella época. Que no es un personaje plenamente asimilado a la cultura europea de la época lo delatan, como sugería el historiador Raúl Porras Barrenechea, una redacción que podría calificarse de "quechuañol", una gran versatilidad en lo concerniente a textos en quechua, un mal manejo de las reglas historiográficas europeas de la época y otros detalles más. Historiador sin mayor entrenamiento en el método antropológico de la comparación y de trascender la esfera de las apariencias, esta falta de manejo de los códigos europeos por el cronista indio llevó a este insigne maestro peruano a juzgarlo como poseedor de "una behetría mental".

Que esta afirmación es incompleta, y revela una actitud bastante generalizada en historiadores que solo se preocupan en evitar ser anacrónicos más no etnocéntricos, ya me he encargado de demostrar en mi tesis sobre la idea de la historia en este cronista indio. Ahora lo que quiero es enfatizar que como incipiente cultor de las corrientes historiográficas de aquella época, no fue ajeno a las obras que sobre los indígenas circulaban por aquel entonces. De ello ya me he ocupado con anterioridad (Ossio, 1976-1977). Lo mismo ha hecho Rolena Adorno (1986, 1989) y ahora último José Cárdenas quien hasta llega a identificar en la Nueva Corónica una preponderancia de la oralidad a través de citas textuales dictadas (no simplemente transcritas) de otras obras (1998).

De los distintos autores que menciona Guaman Poma en su crónica hay uno con quien parece tuvo una relación cercana y prolongada que lleva signos de haberse agriado entre 1604 y 1606. Se trata del Padre de la Orden de la Merced conocido como Fray Martín de Murúa.

A lo largo de la Nueva Coronica Guaman Poma menciona al referido sacerdote en cinco oportunidades (p. 517, 611, 648, 906 y 1080). Cuatro de ellas tienen como escenario la actual provincia de Aimaraes del departamento de Apurímac. El tema común son los atropellos a los indígenas que cometía este sacerdote llegando hasta dibujarlo en el momento que golpea con un palo a una india que está tejiendo (ver gráfico 1) y acusarlo de haberse querido robar a su mujer (p. 906). La razón aducida para la presencia de este sacerdote en esta zona es que era comendador del pueblo de Yanaca y "...cura dotrinante de Pocouanca, Pacica, Pichiua..." (Ibid. P. 648), todos pueblos todavía existentes en dicha provincia. Una alusión a Alonso de Medina, corregidor de esta provincia, sugiere que todos estos desencuentros en la provincia de Aimaraes debieron ocurrir entre 1604 y 1606, que es la época en que ese corregidor se desempeñó como tal en aquella zona. (1)

La quinta ocasión es cuando comenta sobre las crónicas que se han escrito sobre los indígenas. Aunque su tono no es muy complaciente con casi todos los autores que cita aquel que utiliza con relación a Murúa es realmente beligerante. Oigámoslo en toda su extensión:

"...y escriuio otro libro fray martin de morua de la horden de nustra señora de las merzedes de rredencion de cautibos escriuio de la ystoria de los yngas comenso a escriuir y no acabo para mejor dezir ni comenso ni acabo porque no deglara de donde prosedio el ynga ni como ni de que manera ni por donde ni declara ci le benia el derecho y de cómo se acabo todo su linage ni escriuio de los rreys antigos ni de los señores grandes ni de otras cosas cino todo contra yndios gentiles y de sus rritos y de sus herronias y espantado dellos que como gentiles lo herraron como los españoles deespana fueron gentiles y rromanos tubieron herronia ydulos al jubeter y al bezerro y por la misericordia de dios y por sus sanctos apostoles de jesucristo e Pedro y Pablo patron de rroma y del santiago mayor apostol patron de espana son cristianos y acilos yndios somos cristianos por la rredincion de jesucristo y de su madre bendita santa maria patrona de este rreyno y por los apostoles de jesucristo s. Bartolome santiago mayor y por la sta. Cruz de jesucristo que llegaron a este rreyno mas primero que los espanoles dello somos cristianos..." (Ibid., p. 1080)

Estos testimonios de Guaman Poma revelan pues que se conocieron y tuvieron, aunque no muy cordiales, vínculos estrechos. En cambio el mercedario, al igual que todos los cronistas de aquella época, ignora por completo al cronista indio. (2) No obstante si bien es cierto que no hace la más mínima alusión a la persona de él es sorprendente el parecido que presentan sus obras al punto, como veremos más adelante, que algunas de las acuarelas que aparecen en las páginas de Murúa parecen proceder de la misma mano de Guaman Poma o de artistas indígenas allegados a él.

 

II.- LOS ESCRITOS DE GUAMAN POMA Y MURUA.-

De la obra de Felipe Guaman Poma de Ayala solo conocemos "El Primer Nueva Coronica y Buen Gobierno", una carta fechada en 1615 donde anuncia a Rey de España que le está mandando su crónica (Lohmann Villena,Guillermo, 1945), dos copias de dictámenes judiciales de mediados de 1590donde aparece colaborando con el juez de tierras presbítero Gabriel Solano de Figueroa (3) y una copia de un litigio que sostuvo a lo largo de la década de 1590 con unos curacas de Chachapoyas por la posesión de unas tierras en la localidad de Chupas. Auque este último documento es copia de un original tiene el mérito de reproducir tres dibujos que se ajustan rigurosamente al estilo de otros dibujos del cronista indio. Uno de ellos grafica a un antepasado de Guaman Poma, cuya representación es bastante reiterada en la Nueva Corónica, que en esta ocasión lleva por nombre Domingo Guaman Malque de Ayala y se le da el rango de Casique Principal Governador y Señor del Valle del Pueblo de Santa Catalinas de Chupas. Otro es Juan Tingo, el legítimo dueño de las referidas tierras, a quien lo describe también como Casique Principal pero solo como Segunda Persona. El tercer dibujo es un mapa que da cuenta muy meticulosamente del conjunto del área que estaba en disputa (Prado Tello, Mons. Elías y Prado Prado, Alfredo, 1991).

A medida que estos derroteros se sigan ahondando es muy posible que el futuro nos depare agradables sorpresas. Un descubrimiento sensacional sería la localización de los borradores de la Nueva Corónica. De que existían el mismo Guaman Poma se encarga de confirmárnoslo al decir, luego de darnos un largo listado de grupos étnicos , "...aunque faltan por poner todos los pueblos que lo tengo en el original escrita..."(op.cit., p. 1074). Es natural que estos borradores existiesen pues el cronista indio sostiene haberle tomado 30 años en escribir su obra y a todas luces el manuscrito encontrado en Copenhaguen por Richard Pietchmann, titulado como ya hemos indicado, es una versión en limpio preparada para ser publicada. Es cierto que encierra algunos añadidos entre 1613 y 1615, pero hay bases para suponer que entre 1612 y 1613 debieron de pasarse sus borradores en limpio de un solo tirón pues la letra, la tinta y el papel lucen bastante uniformes y además la numeración de las páginas guarda congruencia con la del índice. La excepción ocurre solo con los añadidos posteriores que por ser tales no figuran en este último y alteran la numeración de las páginas a partir de los insertos.

Una esperanza sobre la posible existencia de estos borradores me la ha comunicado el connotado estudioso del Quechua Rodolfo Cerrón Palomino. Me dice que con ocasión de una visita que hizo a Alemania tuvo la oportunidad de conversar con un médico peruano originario de Ayacucho. Para su asombro el mencionado galeno lo maravilló con una historia increíble. Le contó que en sus viajes por algunas comunidades ayacuchanas en una oportunidad, habiéndose ganado la confianza de algunos pobladores, uno le extrajo de un viejo arcón un documento voluminoso. Al abrirlo se sorprendió de ver una caligrafía antigua, muchos dibujos y el nombre de Guaman Poma como su autor. ¿En qué localidad se produjo el hallazgo? Desgraciadamente, quizá por el deseo de algún día llevarse él la gloria de su descubrimiento o de repente por ser una invención suya, no se la quiso decir a mi frustrado amigo. Si es verdad esta experiencia, ojalá que tan valioso secreto no se lo lleve a la tumba y nos deje sin un eslabón tan vital para esclarecer un capítulo tan importante de nuestra historia.

En lo concerniente a la ubicación de la obra de Fray Martín de Murúa también se da un gran paralelismo con la obra del cronista indio. Así como la Nueva Corónica se descubrió en el extranjero, concretamente en la Biblioteca Real de Copenhaguen, la de este ilustre mercedario también ha seguido semejante suerte. La versión que ha servido de base para divulgar inicialmente la obra de este cronista se descubrió en la biblioteca del convento de San Ignacio de Loyola ubicada en Azpeitia, provincia de Guipuzcoa. Se trata de la copia de un manuscrito original que debió haber sido hecha en el siglo pasado, posiblemente en Marzo de1890, según sugiere el Padre Rubén Vargas Ugarte (Pease, F., 1995, p. 245).

El primer intento de preparar una edición sobre esta copia la hizo el estudioso peruano González de la Rosa en 1911. Desafortunadamente este propósito no llegó a concluirse a cabalidad publicándose tres entregas de las cuales solo existe la tercera en la Biblioteca Nacional del Perú (Ibid., p. 245). Un segundo intento tampoco salió muy airoso porque se hizo sobre la base de los materiales de González de la Rosa que ya estaban bastante cercenados por haberse perdido parte de las entregas ya mencionadas en los talleres gráficos. Esta vez el responsable de esta mutilada edición publicada en 1922 fueron los historiadores peruanos Horacio Urteaga y Carlos A. Romero (Urteaga y Romero, 1922). En 1946 coincidentemente se prepararon dos nuevas ediciones. Una la acometió con los mismos errores que las anteriores Francisco Loayza y la otra, con gran escrupulosidad y respetando la integridad de la copia de Loyola, el Padre Jesuíta Contantino Bayle.

Aparte de la copia que existe en Loyola que ha motivado estas ediciones Porras menciona que según el historiador americano Phillip Ainsworth Means existieron cuatro copias: 1º.La de la Academia de la Historia en la colección Muñoz; 2º. La de González de la Rosa; 3º. La de Markham, copia de González de la Rosa; y 4º. La enviada por el Padre Ignacio del Olmo, Superior de los Jesuítas en Lima, al doctor Urteaga (Porra B., 1962).

A mi modo de ver, con la excepción de la primera, todas devienen de la copia de Loyola, que tuve la oportunidad de ver en febrero de 1998 y maravillarme con la calidad de la caligrafía y el gran esmero puesto por sus custodios en conservarla. Aquella de la colección Muñoz es un caso especial. Según el Profesor Manuel Ballesteros Gaibrois "Juan Bautista Muñoz, el gran americanista español del siglo XVIII, en sus viajes de búsqueda de papeles para la Historia de las Indias que preparaba por orden del Rey Carlos III, y de la que llegó a publicarse solo el tomo I, topó en una ocasión con el original de la obra. Fue en 1785, en Salamanca, en el Colegio Menor de Cuenca y lo describe como un tomo in folio de 267 hojas, con ilustraciones." (Ballesteros, M., 1961, T.I, p. XXVIII). Como bien lo advierte este ilustre historiador lo que tuvo ante sus ojos Muñoz fue nada menos que el documento que hoy conocemos como Manuscrito Wellington y que le correspondió a Ballesteros el mérito de redescubrirlo a fines de la década de 1940.

Con la hazaña acometida por este estudioso español, que al cabo de algunos años se concretó en una elegante edición numerada en dos volúmenes, se puso de manifiesto la existencia de dos versiones de la obra de Murúa . Dedicándole importantes estudios a su descubrimiento Ballesteros concluyó que su logro por fin sacaba a luz el original de la obra del mercedario. No obstante, enterado que entre 1952 y 1958 se venían haciendo ofertas de ventas a la Biblioteca Nacional de Madrid así como al Instituto de Cultura Hispánica de un manuscrito con pinturas que había aparecido en Bilbao, ofrece "…como conjetura explicativa de este nuevo manuscrito…que sea el 'extraviado' de Loyola, que aún permanece en torno a los lugares de donde fue arrebatado. " (Ballesteros, 1961, p. XXX, nota 16). Como veremos más adelante el tiempo le ha dado la razón a este experimentado investigador.

En 1963, poco despues de haberse iniciado la circulación del primer tomo del descubrimiento de Ballesteros, el antropólogo Emilio Mendizábal Losack escribió en la Revista del Museo Nacional un artículo comparando el contenido de esta publicación con la que consignaba Constantino Bayle y con la obra de Guaman Poma de Ayala. De esta confrontación llega a la conclusión de que el descubrimiento de Ballesteros no resta en lo más mínimo el valor de este documento inicial sino que permite

"…entrever cuanto se ha perdido, en la versión que Murúa consideró definitiva, de la versión peruana de la historia de los Incas, tal como la conservaban, oral y tradicionalmente, los quipukamayoq imperiales. Basta comparar a este respecto el Mss.Loyola con la Nueva Corónica de D. Felipe Waman Poma de Ayala y se verá que la falta de "secuencia y orden lógico del autor" de Mss Loyola &endash; secuencia y orden que Ballesteros encuentra en el Mss. Wellington &endash; no debe estar sino en los informes que le hicieron "los viejos, de los cuales vine a saber lo más que en este libro va puesto" (Mendizábal L., 1963, p.156, 157)

En otras palabras lo que su perspicacia y formación anrtropológica lo llevan a establecer por primera vez es que entre el Mss. Loyola y la Nueva Coronica de Guaman Poma existen grandes semejanzas y que ellas realzan el valor del primer documento por situarlo más cerca a la información indígena que el Mss. Wellington.

Coincidiendo plenamente con el análisis de Mendizábal donde mostraba fehacientemente las semejanzas entre los dibujos del Mss Wellington y los de la Nueva Coronica, mientras hacía mi tesis sobre la idea de la historia en Guaman Poma en la Universidad de Oxford, decidí retomar estas indagaciones. Al momento contaba con una ventaja adicional a la de Mendizábal: Apsley House, donde el Duque de Wellington guardaba celosamente su documento no estaba muy distante a Oxford. Quedaba en el condado vecino de Reading a pocas horas de mi residencia.

Habiendo sido publicados los dibujos del Mss. Wellington tan solo en blanco y negro desfallecía por verlos en todo su colorido ya que aparentaban ser primorosas acuarelas. Luego de una nutrida correspondencia con el secretario del Duque por fin se me autorizó verlas y en una segunda oportunidad a fotografiarlas con la ayuda de mi amigo Germán Berríos.

Al tenerlas ante mi vista en su estado original quedé absolutamente maravillado. Ni por asomo las reproducciones en blanco y negro que figuraban en la edición de Ballesteros hacían justicia a la calidad de estas acuarelas. Para mi eran el testimonio más cercano de cómo hubiesen sido los dibujos de Guaman Poma si hubiesen estado pintados. En realidad materializaban una disposición que se entreveía en el cronista indio al dedicar numerosas líneas en su manuscrito a describir los colores de los vestidos que arropan a los Incas y Coyas que dibuja.

Incluyendo una ingeniosa portada adornada con cuatro escudos pequeños, de los cuales uno es muy parecido al que Guaman Poma llama "segundas armas", el total de acuarelas era 38. De estas, cuatro (aparte del escudo mencionado) presentaban un estilo muy semejante al de los dibujos de Guaman Poma y tenían la peculiaridad de haber sido desglosadas de un manuscrito previo y adosados a esta versión final. Pero lo más extraordinario fue descubrir que al menos el último dibujo no solo era semejante sino que a todas luces tenía que haber sido hecho por la mano de Guaman Poma (4). Aparte de reproducir con características idénticas los símbolos que Guaman Poma otorga a cada uno de los escudos de los Reyes de los cuatro "Suyos" al pie de todo este conjunto pictórico se lee:

"estas quatro armas fueron las armas de los quatro Reys antigos de las quatro partes destos rreynos del piru el primero gran señor sobre los tres fue apo guaman chaua yarobilca allauca guanoco del pueblo de guanoco el Viejo." (Murúa, 1964, T. II, p. 141) (Ver gráfico 2).

Como habíamos señalado anteriormente, mientras Guaman Poma menciona cinco veces al mercedario, aunque para despotricar contra él, este último en los 267 folios del Mss. Wellington no hace la más mínima referencia al cronista indio. Solo en este escudo se filtra el nombre de alguien que Guaman Poma menciona repetidas veces como muy cercano. Se trata nada menos que de Capac Apo Guaman Chaua el reiterado ancestro de Guaman Poma de cuya filiación se vale para reivindicar su condición de descendiente del Rey preinca de mayor jerarquía, de la Segunda Persona del Inca y, por lo tanto, de reunir las credenciales necesarias para representar al conjunto del mundo andino ante el Rey de España.

Esta es pues la mejor evidencia de que Guaman Poma está presente en la obra de Murúa. Ahora me queda por averiguar cuán extensamente lo está así como las circunstancias en que sus dibujos pasaron al mercedario teniendo presente que a principios del siglo XVII Guaman Poma le guardaba animadversión.

 

III.- LA HISTORIA COMO NOVELA POLICIAL.-

Habiendo obtenido el grado de Bachelor Litterae de la Universidad de Oxford con mi tesis sobre la "Idea de la Historia en Guaman Poma de Ayala" y premunido de una beca que me había dado la Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research para hacer el trabajo de campo conducente al doctorado en aquella misma universidad, decidí retornar al Perú. Eran casi las postrimerías de 1970. Acababa de concluirse un célebre Congreso de Americanistas en Lima que había sido inaugurado por Juan Velazco Alvarado . Los científicos sociales peruanos estaban bastante excitados. Despues de un largo período de marginación por fin aparecía un gobierno que se fijaba en ellos especialmente si eran de izquierda. Algunos colegas con esta orientación habían sido llamados como asesores del gobierno militar y se abrían buenas posibilidades de trabajo para el gremio en distintas esferas.

Estábamos pues en un momento en donde se anunciaban grandes cambios pero yo lo único que anhelaba era iniciar mi trabajo de campo lo antes posible. El tema que había escogido para mi tesis doctoral era el de la organización social en una comunidad ubicada en el área donde Guaman Poma señalaba haber tenido casas y haberse desempeñado como Administrador y Teniente de Corregidor. Este era el antiguo repartimiento de los Rucanas Antamarcas que hoy puede ser localizado en el valle del río Negromayo en la provincia de Lucanas.

Como el dinero que me dio la Wenner-Gren no era mucho, antes que se me agotase lo primero que hice al llegar a Lima fue viajar a la zona para hacerle un primer reconocimiento e identificar la posible comunidad donde centraría mi trabajo. El recorrido que hice me tomó casi un mes. Cumplí con los propósitos que llevé pero al retornar, haciendo cálculos económicos desafortunadamente tuve que tomar la decisión de postergar la permanencia en el campo hasta contar con mayores recursos.

Dadas estas circunstancias y teniendo que buscar trabajo decidí no detenerme en mi investigación pero esta vez explorando documentos en los archivos. Es así que una tarde del mes de diciembre de 1970 revisando los ficheros de la sala de investigaciones de la Biblioteca Nacional me topé con una ficha que consignaba el nombre de Fray Martín de Morua. Esperando encontrar nada novedoso, casi por inercia lo solicité. Al poco rato retornó el bibliotecario portando en sus manos un sobre de color beige no muy voluminoso. Al abrirlo aparecieron unas diez hojas entre las que sobresalían para mi desmedido asombro dos fotografías en blanco y negro de unos 25 X 15 cms. con dibujos que nunca antes había visto. No pudiendo dar crédito a lo que aparecía las saqué cuidadosamente del conjunto para apreciarlas mejor y noté que una representaba a un Inca Manco Capac, que llevaba anotaciones en quechua de muchos de los ornamentos que lucía, y otra a Mama Huaco que era una réplica fiel de la que dibujaba Guaman Poma en su crónica.

Ver estas imágenes fue suficiente para darme cuenta que estaba ante los indicios de un manuscrito inédito de Fray Martín de Murúa. Ello lo fui confirmando al revisar el resto de aquel conjunto de papeles. De las fotografías pasé a revisar seis hojas mecanografiadas que daban un listado de capítulos y de las partes, llamadas "libros", en que se agrupaban y dos fotografías que reproducían la anteportada y el primer capítulo.

Sospechando que podía tratarse de una muestra con fines de venta del famoso original perdido de la copia de Loyola, pedí que se me alcanzara un ejemplar de la edición de Bayle para hacer un cotejo. Confirmando lo que suponía ¡la identidad era absoluta! La única diferencia es que en el expedientillo al final de cada uno de los cuatro libros en que se agrupaban los capítulos se daba cuenta de un determinado número de acuarelas que los acompañaban. Sumando estas cifras el resultado fue 112. Es decir 74 acuarelas mas que el Mss. Wellington.

Lleno de excitación al primero que di a conocer mi hallazgo fue a Tom Zuidema que aquel día también se encontraba en aquella sala de investigación revisando documentos. Contagiado por mi entusiasmo, pero sin perder la flema holandesa y la cautela de investigador experimentado, inquirió sobre la procedencia de mi hallazgo. Le dije que desgraciadamente de eso no había rastros en el expendientillo y que en todo caso quizá la respuesta nos la podría dar Graciela Sánchez Cerro que a la sazón se desempeñaba como directora de aquella sala.

Siendo ésta una pista importantísima para dar con el paradero del manuscrito, acudimos donde nuestra común amiga. Identificada con nuestros anhelos, sin vacilar nos prometió que haría las indagaciones del caso. Estas le tomaron algunos días al cabo de los cuales nos dijo que habían sido infructuosas. Hasta se había tomado el trabajo de revisar la correspondencia de los Directores de la Biblioteca Nacional desde los primeros años de la década del '50 pero todo había sido en vano.

Otra pista que exploré sin éxito fue contactar el estudio fotográfico en la calle Sierpes de Sevilla referido por un sello en el reverso de cada foto. Para esto propósito me valí de algunos amigos españoles que me confirmaron que ya no existía.

¿Cómo pues esclarecer tan importante hito? ¿Cómo lograr saber quién ofreció en venta el manuscrito sin darle mayor publicidad al descubrimiento? Al fin y al cabo una cierta dosis de vanidad y nacionalismo me inducían a mantener algo de reserva para que ni a mí ni al Perú se le disputase el éxito de llevar a buen término lo que fortuitamente se me había presentado.

Sin embargo más pudo el deseo de poner a disposición de los investigadores algo que me parecía vital para ahondar nuestros conocimientos sobre el mundo andino. En estas circunstancias no me quedó más alternativa que iniciar una ronda de consultas con investigadores que podrían tener una idea sobre el poseedor del documento. De todos a cuantos consulté fue Miguel Maticorena quien pasados varios años me dio la mejor sugerencia. Me dijo que hablara con el célebre Garcilacista José Durand.

Esta sugerencia me resultó enormemente atrayente pues me daría la oportunidad de conocer a alguien a quien admiraba por sus inteligentes y eruditos estudios de la obra del Inca Garcilaso. Además ya me habían adelantado que con quienes simpatizaba era un impenitente conversador pletórico de anécdotas y ocurrencias.

No se equivocaron. Pocas veces alguien me ha deleitado tanto con sus cultísimas conversaciones y sus extraordinarias evocaciones de la bohemia criolla en donde él brillaba como un eximio cajoneador. Si algo le tengo que agradecer a este peregrinar tras la huella de Murúa es haberme dado la oportunidad de conocer a tan magnífico intelectual peruano cuyo inquebrantable cariño por un Perú auténtico lo llevó prematuramente a la muerte.

Al margen de estos sentimientos nostálgicos, fue Pepe quien me puso en camino tras el dueño del documento. Aparte de escritor, historiador y cultor de tantas cosas era un gran bibliófilo. Se decía que su biblioteca en la casa de Berkeley, hoy cobijada en la casa de estudios de esta localidad, albergaba infinidad de libros entre los que se contaban ediciones raras dignas de los mejores coleccionistas. Lograr formarla le había supuesto estar en contacto con afamados libreros de distintas partes del mundo y con círculos de coleccionistas eruditos en estos menesteres.

Pero tuvieron que pasar varios años para trazarme el derrotero. Sin poder averiguar el nombre del autor de la oferta de venta dejé reposar mis indagaciones por varios años. Hacer mi trabajo de campo en la provincia de Lucanas para doctorarme en Oxford era una meta que no podía posponerla. Había plazos perentorios y tenía que cumplirlos. Para mi infortunio la beca de la Wenner-Gren se me había agotado. Necesitaba con urgencia un sustituto pero también en el ínterin conseguir trabajo. Felizmente el gobierno militar de aquel entonces daba algunas oportunidades a los científicos sociales en actividades muy concretas y de corto plazo. Apoyado por Fernando Lecaros pude paliar mis angustias económicas trabajando en la reforma educativa. Luego Pablo Macera me ofreció algo más permanente incorporándome como profesor contratado en la especialidad de antropología en la Universidad de San Marcos para ayudar a levantarla junto con Rodrigo Montoya y Alberto Cheng. En el plano académico esta fue una grata experiencia pero me resultó insufrible en el nivel administrativo. Cansado de que mi sueldo no se pagara a tiempo y que celosas canserveras de la esfera administrativa me impidieran hacer llegar mis quejas a amigos que ocupaban posiciones encumbradas, cuando Fernando Fuenzalida me ofreció llevarme a la Católica, con el aliciente adicional de que me ayudaría a conseguir la beca para proseguir con mi anhelado trabajo de campo, acepté sin vacilar. Además, donde me llevaba había sido mi centro laboral hasta que tuve que marcharme a Inglaterra. Aunque la especialidad de Antropología ya no era parte de Letras me resultaba reconfortante reencontrarme con mi Alma Mater .

Y Fuenzalida cumplió. En 1972 la Fundación Ford me dio una beca para hacer mi trabajo de campo en la comunidad de Andamarca, una de aquellas por la que transcurrió la existencia de Guaman Poma entre los siglos XVI y XVII.

Corrieron los años pero hasta que me gradué en 1978 solo tuve en mi mente la organización social y ritual de Andamarca y de algunas comunidades adyacentes. En 1981, con motivo de que se preparaba un número especial de la Revista del Museo Nacional para celebrar 50 años de su fundación, la Sra. Rosalía Avalos de Matos me pidió una colaboración. Habiendo pasado cerca de 11 años desde que me había topado con aquel expedientillo que confirmaba la existencia de un original de la copia de Loyola decidí escribir un artículo dando a conocer su contenido. Ya no era posible dejar de divulgarlo. Habían pasado tantos años sin que todavía no supiese quién era el poseedor de dicho original que ya era hora que un círculo más amplio de andinistas comenzase a tomar cartas en el asunto.

La verdad es que mi artículo no tuvo el resultado que esperaba. Por aquel entonces se iniciaba la peor crisis de nuestra historia republicana. Sendero Luminoso se hacía cada vez más fuerte en los Andes y comenzaba a extender sus tentáculos por todo el Perú. Las preocupaciones políticas y económicas dominaban a todo este país y quedaba poco tiempo para que alguien se inquietara por identificar al dueño del documento. Fue en esas circunstancias que conversando un día con mi buen amigo Pepe Durand arriesgó un pálpito: que el dueño fuese un irlandés apellidado Galvin de quien se sabía que coleccionaba documentos y libros raros y que tenía en su poder un manuscrito de Cieza de León que había sido perseguido con tenacidad, pero sin éxito, por el historiador y editor Carlos Milla.

El tiempo le dio la razón pero para confirmarlo tuve que valerme de varios recursos pues por la experiencia de Milla se sabía que el mencionado personaje no era de fácil trato particularmente en lo concerniente a dar acceso a sus materiales a personas extrañas. Había pues que actuar con mucho tacto para no poner en riesgo la empresa de confirmar que él era el dueño del original de la copia de Loyola y de dejar entreabierta la posibilidad de acceder a los manuscritos de Cieza de León que tan celosamente guardaba.

A estas alturas de mi seguimiento al referido manuscrito conté con dos aliados invalorables de origen británico: por un lado el embajador John Shakespeare que a partir de su asunción al cargo en el Perú forjamos una inquebrantable amistad y, por otro, el historiador John Fisher que ocupaba el cargo de Director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Liverpool. Todavía recuerdo una comida en la residencia de la embajada cuando luego de oír fascinado mis andanzas tras el manuscrito me ofreció su colaboración para acceder al coleccionista irlandés.

La oportunidad se presentó en 1987 cuando con el apoyo de la cancillería británica, obtenida a instancia de Shakespeare, y la hospitalidad de la universidad de Liverpool, conseguida por John Fisher, organizamos una reunión para que entre académicos peruanos y de Gran Bretaña discutiésemos la crítica e inédita situación del Perú.

Si bien la preocupación central de nosotros para convocar esta reunión era la crisis peruana consideramos que podía ser una ocasión propicia para invitar al coleccionista irlandés y motivarlo a traer su manuscrito. Al fin y al cabo Liverpool no quedaba tan lejos de Irlanda. Atento a este interés Fisher ya le había adelantado que yo particularmente ansiaba ver mi soñado documento. Para nuestro beneplácito aceptó la invitación pero se excusó de ir él personalmente mandando en su lugar a su hijo Sean.

Todavía un poco incierto de que el hijo concurriría grande fue mi alegría cuando en mi habitación en la Universidad de Liverpool me anunciaron que Sean Galvin ya se estaba registrando. Con la excitación de un niño salí a darle el encuentro. Efectivamente allí estaba el hijo del coleccionista, un hombre joven, alto, de modales muy distinguidos e increíblemente afectivo. Conocedor de mi entusiasmo estrechó calurosamente mi mano y a continuación con un tono acongojado pero consolador se disculpó de no haberme podido traer el documento, por tenerlo su padre en Canadá, pero que a cambio me entregaba una relación pormenorizada de su contenido.

El suspenso pues se prolongaba pero al menos se había logrado dar un gran paso que aseguraba la posibilidad de un éxito futuro. Por fin conocía a alguien cercano al documento que además de tener la gentileza de darme mayores detalles sobre su contenido me hizo la promesa de que algún día no muy lejano lo vería.

La relación que me trajo además de dar cuenta de diferentes ediciones de la obra de Cieza de León así como de los manuscritos de la primera, segunda y tercera parte de la crónica de este autor, incluía una descripción pormenorizada del formato del original de la copia de Loyola y de las 112 acuarelas que contenía. Con estas últimas confirmé lo que ya venía sospechando desde hacía algún tiempo. Es decir que gran parte de ellas repetían temas que figuraban en la Nueva Corónica de Guaman Poma. Con esta información mi curiosidad llegó al paroxismo pues sugería insospechadas claves para conocer la relación entre Guaman Poma y Murúa.

Volvieron a pasar los años. Como gesto de mi amistad con Sean, y para que no me olvidara, cada Navidad le enviaba una tarjeta de saludo y hasta alguna publicación sobre el Perú que le podría interesar tanto a él como a su padre. El también de vez en cuando me correspondía mandándome una que otra publicación sobre descubrimientos arqueológicos en Irlanda o sobre otros temas.

Hasta que llegamos a 1995. Era el año previo a la celebración de una nueva gran conferencia de la Asociación de Historiadores Europeos sobre Latinoamérica y John Fisher, con la pasión que siente por este continente, había asumido la tarea de organizarla valiéndose del apoyo que le daría la Universidad de Liverpool. Teniéndome siempre presente, como gran amigo que es, me invitó a dar una de las dos ponencias magistrales que se acostumbran para estas ocasiones. Sin vacilar le contesté que encantado la aceptaba y me permití sugerirle que por una vez más se comunicase con Sean Galvin para que estuviese presente.

Cual no sería mi felicidad cuando a vuelta de correo John me comunicó que Sean había aceptado pero que además le había dicho que con gusto me recibiría en su castillo de Irlanda para mostrarme mi ya obsesivo manuscrito. A los pocos días una tarjeta de Sean con la figura del célebre personaje Belga Tintin sacando libros de un estante me confirmó la mencionada invitación.

Casi no podía dar crédito a la generosa invitación que se me formulaba, ¿Sería posible que después de tantos años de rastrear al original de la copia de Loyola por fin lo tendría en mis manos? Cuando por tanto tiempo y con tanta perseverancia se persigue un ideal y se está a punto de alcanzarlo todo tipo de temores lo asaltan a uno ¿Se mantendrá la promesa? ¿Si el documento estuvo en Canadá y lo están llevando a Irlanda no se caerá el avión? ¿No me sobrevendrá una enfermedad y hasta la muerte que me impidan verlo?

Felizmente nada de esto ocurrió pero tengo que reconocer que desde que se me hizo la invitación hasta el momento en que tuve el manuscrito en mis manos el tiempo se me hizo larguísimo.

Por fin llegó el momento anhelado. Era un sábado 14 de setiembre de 1996. Acababa de concluir una conferencia en homenaje al Inca Garcilaso de la Vega en la ciudad andaluza de Montilla donde había presentado una ponencia. Como mi avión para Irlanda salía muy temprano del aeropuerto de Barajas emprendí mi retorno a Madrid en la tarde del viernes antes que terminase el evento.

Luego de cambiar avión en Gatwick llegué a Dublin como al mediodía. No bien caminaba por los pasillos del aeropuerto que salió a mi encuentro Sean Galvin. Me condujo hasta su automóvil, un elegante y aristocrático Bentley del año '50, y emprendimos el camino a su castillo.

El viaje fue largo pero matizado por paisajes dignos del afamado pintor Turner. Durante el trayecto me contó que su padre, el coleccionista, había fallecido hacía unos cuatro años pero él como el mayor de los hijos había heredado la casa y la biblioteca. También me adelantó que él no podría asistir a la conferencia en Liverpool pero que en su lugar iría su hijo que era estudiante de historia. Se disculpó además de solo poder tenerme alojado hasta el día siguiente al mediodía pues la casa quedaría vacía ya que todos los miembros de su familia tenían compromisos en distintos lados. Esto último sí me preocupó pues significaba que solo podría disponer de menos de 24 horas para revisar el manuscrito de Murúa y los otros repertorios bibliográficos que conservaba. No obstante no me hice mayores problemas ante la extraordinaria experiencia que tendría dentro de poco aparte que consideraba que aquel tiempo que me daba sería suficiente para filmar y fotografiar al menos las acuarelas del documento. Por lo demás tenía la esperanza que esta invitación se podría repetir en el futuro.

Habría pasado cerca de una hora desde que salimos del aeropuerto de Dublín cuando nos detuvimos ante una imponente mansión que con justicia podía ostentar el calificativo de castillo. Trasponiendo el umbral de la puerta principal nos recibió Edward, el hijo de Sean, y al cabo de un rato su esposa. Sean me acompañó a mi habitación para dejar mis cosas y me dijo que una vez que me acomodara bajara para servirme un bocadillo. Aunque solo tenía en mente el momento en que tendría ante mi el cada vez más inquietante manuscrito, no dejé de admirar el esplendor del interior del castillo y lo ampuloso y cómodo del dormitorio que me habían destinado. Este quedaba en un tercer piso y, muy de acuerdo a los intereses que me habían llevado, al lado de las habitaciones que albergaban la biblioteca.

La colación la consumí frugalmente pues contaba los minutos por ver el documento. Comprendiendo mi vehemencia y también curiosos por ver mi reacción ante algo que había esperado por tanto tiempo, Sean y Edward me acompañaron en esta frugalidad.

Y llegó el gran momento. Eran como las tres y media de la tarde. Con una delicadeza digna de los más refinados espíritus, en las mesas ubicadas en el espacio central de la biblioteca habían distribuido todos los tesoros bibliográficos que tenían sobre el Perú y en un lugar muy privilegiado el manuscrito de Fray Martín de Murúa. Delante de aquel sitio privilegiado habían acomodado, casi a modo de trono, un sillón de madera de estilo clásico para que me sentara.

Ante semejante espectáculo y sabiendo que ya era inminente mi acceso al documento no sabía si prolongar aquel inolvidable pero placentero suspenso o irrumpir sin vacilaciones al objeto de tantas ensoñaciones. Sean y Edward me miraban con apariencia imperturbable pero sin ocultar una cierta curiosidad por la escena que sobrevendría. No era para menos pues dudo que con anterioridad habrían tenido la oportunidad de disfrutar de la emotividad de un estudioso de tradición latina frente a lo que su tenacidad estaba por recompensarlo.

Por fin tomé posesión del trono y con manos temblorosas, y un corazón que desbordaba en latidos, consumé lo que desde aquella tarde de fines de 1970 me propuse lograr.

Terminando de hojearlo, con la debida autorización y ayuda procedí a filmar en video y fotografiar en diapositivas las 112 acuarelas que contenía. Además acordamos que Sean lo sometería a una restauración, pues habían unas cuantas páginas ligeramente maltrechas, y que le haríamos fotografías profesionales a fin de preparar una edición fascimilar cuyo auspiciador buscaríamos. Hoy todo esto se ha cumplido con la excepción de lo último. La esperanza esta puesta en el Getty Center de California porque además de apoyar al arte, tener excelentes equipos técnicos, contar con sólidos recursos económicos, tienen en su poder el Mss. Wellington. Pero mi deseo no se queda en preparar una edición fascimilar solo de mi descubrimiento sino también del manuscrito que tienen en su poder, y , por ser tan cercana a estos documentos, de la Nueva Coronica. Se podrá alegar para qué de esta última si ya existe la de Paul Rivet. La respuesta es que aquella se hizo con técnicas fotográficas muy antiguas, incluyendo el uso de calcos, al punto de presentar una imagen distorsionada de los dibujos originales. Contar con fascimilares de gran calidad de estos tres manuscritos será una contribución para los estudiosos por los insospechados aportes que ofrecen en estado natural para conocer cómo los europeos recogieron las informaciones de los indígenas, cómo los ordenaban y plasmaban en sus escritos, cómo enmendaban los textos que redactaban y, en general, cómo se hacían las crónicas y cómo se origina el arte pictórico colonial.

Gracias a mis estudios sobre el cronista Guaman Poma he tenido encuentros muy gratos con documentos que le son cercanos. Primero fue con el Mss Wellington en Apsley House, a continuación con el mismo original de la Nueva Corónica en la Biblioteca Real de Copenhaguen pero de todos estos instantes el más emotivo y promisorio ha sido el que tuve en la biblioteca de los Galvin.

 

IV.- UN PRIMER ESBOZO DE ANALISIS.-

a.- Impresiones iniciales.-

Mi estudio detallado sobre este documento recién comienza ya que desde marzo de 1998 cuento con unas fotografías bastante profesionales de todo el documento que tomó Sotheby antes de proceder a restaurarlo. A ellas se suman el mencionado video y las diapositivas que se me autorizó hacer.

Lo que he venido divulgando de mis observaciones desde la conferencia magistral en Liverpool, a pesar de haber sido solo descripciones no muy analíticas, ha entusiasmado a muchas audiencias que ven en mis descubrimiento un gran potencial para futuros estudios sobre los Incas y muchos otros aspectos. En primer lugar he confirmado lo que desde un primer momento sospeché y es que estamos ante el original del manuscrito de Loyola. Al respecto todo concuerda desde el texto de la anteportada, el listado de las distintas unidades en que está dividido y hasta la ausencia de determinados capítulos que son los mismos en ambos casos. A esto debo añadir que ahora que he terminado de hacer el cotejo entre los textos de cada capítulo del manuscrito y los que figuran en la edición de Bayle, todos son idénticos exceptuando, algunos añadidos en los márgenes que no fueron tomados en cuenta al hacerse la copia, y ciertos errores de transcripción que posiblemente devienen, en unos casos, del copista de Loyola , y en otros del mismo Bayle.

En lo concerniente a las acuarelas, he destacado recurrentemente el gran parecido que las 112 tienen con los dibujos de Guaman Poma de Ayala. Sin embargo, en la medida que no todas ellas responden a un mismo estilo pictórico he sugerido que algunas pueden provenir de una mano más familiarizada con los cánones europeos. Asimismo he adelantado que entre las que lucen más indígenas no todas delatan a un mismo dibujante. Ello me ha llevado a suponer que posiblemente aquellas manos indígenas devienen de un taller, al estilo de los que actualmente organizan los artesanos en las provincias, donde Guaman Poma debió ocupar un lugar prominente.

Ahora con las fotocopias del texto también he podido reparar que hay más de un estilo caligráfico por lo que es lícito suponer que debieron de colaborar varios amanuenses muchos de los cuales posiblemente fueron indígenas. Esto último lo deduzco porque en este manuscrito, a diferencia de como firmaba el sacerdote su apellido y de cómo se presenta en el Mss. Wellington, Murua es escrito como Morua tal como lo hace Guaman Poma y tal como aparece en una carta recomendando la publicación de su obra escrita por curacas cusqueños en 1596.

Esta carta aparte de añadir evidencia sobre el modo en que los indígenas escribían el apellido del mercedario siguiendo los cauces de la pronunciación quechua, tiene la importancia adicional de servir de hito cronológico para establecer el período en que el sacerdote trabajaba su historia de los incas. A través de ella se puede inferir que el manuscrito irlandés, que lleva como fecha el año de 1590, fue concebido para ser publicado pero que devino en borrador por seguir recepcionando añadidos que pueden rastrearse hasta 1600 y por transformarse, bajo cauces más europeos, en lo que sería el Mss. Wellington .

Si este es el caso la obra debió de iniciarse antes de 1590. Un indicio de esta posibilidad las dan cerca de 12 acuarelas que parecen fueron sacadas de un manuscrito previo, que ojalá aparezca algún día (7), y pegadas en páginas de este manuscrito de Irlanda. Pero una confirmación más precisa la podremos alcanzar si al igual de lo que se hizo con las 4 del Mss. Wellington las despegamos o radiografiamos y nos fijamos en el texto que esconden sus respectivos dorsos. Esto, por supuesto, tendrá que hacerse con el auxilio de expertos para no poner en peligro la integridad del documento.

Indirectamente estos datos cronológicos además tienen la virtud de adentrarnos a las etapas que le tomó a Guaman Poma confeccionar su crónica e introducirnos a nuevos paralelismos entre ambos cronistas. El principal sería que a ambos les tomó casi el mismo tiempo en preparar sus manuscritos finales pues en 1613 Guaman Poma declaraba que su trabajo le había tomado treinta o veinte años (Op. Cit., p.701) . Esto querría decir que empezaría la Nueva Corónica ya sea en 1583 o 1593 o quizá en un momento cercano a cuando Murúa ya se encontraba preparando aquel manuscrito perdido de donde tomó algunas acuarelas para pegarlas en el de Irlanda.

Si en algo se tiene que andar con cuidado con Guaman Poma es en lo relativo a su contabilidad del tiempo porque como ya he podido demostrar en trabajos previos (1970, 1973, y 1977) no estaba muy familiarizado con las formas de cómputo europeas o en todo caso muchas veces las utiliza bajo cauces que podríamos denominar míticos. De aquí que para identificar sus hitos cronológicos uno tenga que basarse en referencias indirectas que desliza en su crónica que sí tienen valor histórico.

Ha sido utilizando procedimientos de esta naturaleza que hace algún tiempo atrás el historiador Guillermo Lohmann Villena (1945) identificó en la Nueva Coronica una frase que por estar escrita en tiempo presente sugería haber sido redactada al momento en que ocurría el hecho histórico que se narraba. La frase es como sigue

"...y despues el Señor Vizorrey Marques de Cañete el Viego mando hazer de cal y canto la puente de Lima y la puente de Xauxa y la puente de Ancoyaco, la puente de Amancay &endash; lo mando hazer agora (el énfasis es mío)su hijo el Señor Vizorrey don García Hurtado de Mendoza Marques de Cañete el moso ." (Op. Cit., p. 357).

 

¿Qué momento era éste? Por la referencia al Marqués de Cañete el Mozo en tiempo presente, sugerido por aquel "agora", entre 1589 y 1596 que son los años en que gobernó el Perú este Virrey.

Que por esta época Guaman Poma ya reunía el conocimiento del español, y posiblemente la formación alfabética, necesarias para acometer la empresa de empezar a redactar su crónica lo confirman varias evidencias. La primera es que él menciona haberse desempeñado como intérprete de Cristóbal de Albornoz, el extirpador del famoso movimiento nativista y mesiánico conocido como Taki Onqoy, que desarrolló sus actividades a lo largo de la década de 1560. La segunda viene de varias fuentes donde se demuestra que entre 1589 y 1596 se desempeñaba una vez más como intérprete pero ahora del Presbítero Gabriel Solano de Figueroa que durante esos años actuó como juez de tierra en Guamanga. (8)

Ya desde que hice mi tesis sobre la idea de la historia en Guaman Poma (Chapter 1, Section C) sospechaba que la disposición para desempeñarse como intérprete y para aprender a leer y escribir debió venirle por descender de una familia de lectores de quipus o Quipucamayoqcuna que fueron trasplantados de la región de Guánuco Viejo (donde todavía se pueden ver aquellos numerosos e imponentes depósitos llamados Collcas cuyos productos eran contabilizados por estos funcionarios) a la ciudad de Guamanga. Un indicio para esta suposición fue el notar que todos los nombres de los personajes con quipus en la Nueva Coronica figuran en una red familiar que describe al hablar de la cuarta edad del mundo o Aucaruna (Op. Cit., p. 76 y ver además los dibujos de las páginas 348, 358, y 360). A esta evidencia añadí el que el mismo Guaman Poma se atribuyese y hasta se dibujase en la función de Administrador , Teniente General del Corregidor y Protector cuyas obligaciones, según él, eran cuidar "...los bienes de la comunidad y de sapci &endash; y de los bienes de los pobres yndios de cada uno de sus particulares y de la yglesia y de la cofradía y del hospital...( (Op. Cit., p. 808, 809). En otras palabras llevar la contabilidad de todas estas instancias al igual que lo debió hacer su padre Martín de Ayala cuando se involucró en el hospital de indios en Guamanga desde que se fundó por 1550 hasta treinta años mas tarde cuando según su hijo falleció y fue enterrado en la capilla de la Limpia Concepción en la Iglesia de San Francisco.

A estas suposiciones quisiera añadir que siempre me ha llamado la atención en la Nueva Coronica una cierta proclividad a agrupar listas de personajes, etapas cronológicas y otras formas numerativas bajo esquemas decimales, o de su subdivisión en cinco, propios del sistema numérico de los quipos. De aquí que a los estudiosos de estos instrumentos contables siempre les haya insistido que intenten revisar la Nueva Coronica a la luz de los resultados que han obtenido en sus investigaciones. No obstante la tarea todavía está por hacerse.

¿Pero cómo aprendió Guaman Poma a dibujar de modo figurativo cuando en la época prehispánica esta tradición quedó circunscrita a la costa norte del Perú y un poco a la del sur en el área que hoy es el departamento de Ica? Responder a esta pregunta es muy difícil porque todavía es muy poco lo que sabemos sobre la vida de este cronista indio. Más factible es señalar que si empezó a escribir su crónica por 1583 ya el estilo figurativo estaba en pleno proceso de expansión. Un testimonio de ello es que por 1571 el virrey Francisco de Toledo comisionó a un grupo de indígenas para que en cuatro paños que quería mandar al Rey de España dibujasen los retratos de los Incas. Hoy no queda rastro de estos paños pero es muy posible que haya sido el modelo para los retratos de los incas que figuran tanto en Guaman Poma como en el manuscrito irlandés. Abona a favor de esta suposición el que en los "Inventarios Reales" del Palacio de Madrid de 1600 se diga que el total de Incas representados sea doce (Marco Dorta, 1992, p. 70) lo que coincide con la cantidad de Incas que dibujan estos cronistas. Además, el que casi todos los retratos de los incas que se elaboraron posteriormente se remitan de una u otra manera a los que hizo Guaman Poma sugiere que él pudo ser el eslabón entre lo que mandó a hacer Toledo y lo que se difundió en el futuro bajo la forma de galerías de incas. Para esta sugerencia me baso en que algunas de estas últimas como la que se conserva en el Convento de Copacabana en Lima, o la de San Francisco en Ayacucho, o la de la Catedral de Lima y todas las otras que existen muestran en dos detalles importantes su cercanía con Guaman Poma: el primero es que se hace alusión a las edades del mundo que solo este cronista indio refiere (9) y, el segundo, que cada inca ostenta el mismo número de años de vida que los que aparecen en la Nueva Coronica. (10)

Tom Cummins, en su interesante tesis sobre los vasos de madera denominados Keros nos dice que por 1545 había artistas españoles construyendo y decorando la catedral en compañía de artesanos indígenas que también eran contratados y que lo mismo sucedía en las iglesias de muchos pueblos que comenzaban a expandirse (Cummins, 1988, p. 351, 352). En consecuencia bien pudiera ser que desde esta época el arte figurativo de origen europeo comenzaba a echar raíces entre los pobladores indígenas alcanzando muy pronto una difusión bastante amplia. Según perspicazmente señala además este autor esta expansión debió guardar correspondencia con las campañas particularmente promovidas por el virrey Toledo, luego de la experiencia del famoso movimiento mesiánico del Taki Onqoy, de hacer desaparecer todo instrumento conducente a favorecer las prácticas paganas. Es así que los Keros fueron asociados con las borracheras, vistas como principal vehículo de la idolatría, y por extensión con los adornos geométricos que los decoraban por considerarlos como expresiones simbólicas de sus antiguos dioses (Ibid., p. 345).

Una larga cita de una ordenanza de Toledo prohibiendo que se hiciesen estas representaciones en cualquier medio fuesen keros, vestidos, tronos, etc, (Ibid., p. 345) confirma los excesos iconoclastas de esta campaña que felizmente, gracias a la capacidad disimuladora de los indígenas y al espíritu estético más abierto de algunos europeos, no llegó a cumplirse a cabalidad.

b.-De lo Andino a lo Europeo.-

Es en este proceso de transición que se sitúa el inicio de la obra de estos dos cronistas que para el estudio de la evolución del arte colonial ofrecen sugerencias insospechadas así como para el proceso de elaboración de una crónica. La principal peculiaridad es que cada uno de los tres manuscritos que tenemos a nuestra disposición sugiere un proceso evolutivo que va de los más indígena, representado por la obra de Guaman Poma a lo más europeo representado por el manuscrito Wellington. El eslabón o vaso comunicante entre ambos es el manuscrito irlandés.

Sobre el tono indígena de la "Nueva Coronica" ya he hablado suficiente y no creo que venga al caso repetir lo que tantas veces he dicho y resumí al principio. Igual sucede con el de corte europeo del Mss. Wellington que lo avizoró Mendizábal en su ya aludido estudio sobre las dos versiones de Murúa. Ahora lo que me queda es acentuar estos contrastes a partir de mi descubrimiento e imaginar cómo ambos se vincularon. Para empezar me detendré en una descripción del manuscrito irlandés. Debo adelantar que este análisis es todavía prematuro porque todavía me faltan cerca de trece páginas de este manuscrito que todavía no me las ha mandado Sotheby.

El original de la copia de Loyola conservado en Irlanda es un volumen empastado en piel de becerro, con dos tiras para amarrarse, que mide 31.05 cms. de alto por 21.00 cms de ancho y 2.50 cms. de grosor. El total de folios es de 150 sin embargo los que señala el mismo autor es 145. Cada cual es de papel de trapo y tiene un sello de agua que representa una mano con una flor sobrepuesta y en cuya palma se ven las letras "PD"; asimismo una cruz encajada en una configuración circular en forma de pera que encima tiene las letras "MA".

Al abrirlo, lo primero que se distingue es la anteportada que dice lo mismo que figura en la de la copia de Loyola. Es decir: "Historia del Origen y genealogia Real de los Reyes ingas del Piru. De sus hechos, costumbres, trajes y manera de gouierno'. Compuesta por el Padre fray Martin de Morua del orden de Nra. Sra. De la Merced de Redempcion de captivos, conventual del Convento de la gran ziudad del Cuzco cabeza de Reyno,y Provincias del Piru. Hechose por el mes de mayo de 1590" Mas abajo hay un añadido que dice asi: "Diole al Archivo el Dr. M. Arcos de la Stma. Trinidad. Litera L" .

Al reverso se aprecia una acuarela que representa una especie de Jardín del Edén donde figuran debajo de un cielo azulado una sucesión de montañas, varios árboles, un león africano, un tigre de bengala, tres camélidos y un inca blandiendo una honda. A continuación sigue un escudo de la orden de la Merced que cubre casi toda una página y luego la imagen de una mujer indígena en actitud de orar frente a una casa que está debajo de un sol radiante A todas luces da la impresión de ser una aclla o virgen del sol por la similitud que guarda con otras, mencionadas como tales, que dibuja posteriormente. Luego se da inicio al Primer libro que versa primero sobre cada rey Inca y a continuación sobre cada una de sus esposas. El segundo libro lo dedica a unos personajes llamados "Capitanes" que con Guaman Poma es el único cronista que los presenta configurando una lista. El tercero versa sobre las costumbres y es el más voluminoso. Y en el último pasa revista a distintas ciudades.

Como está indicado en el expendientillo que motivó mi búsqueda de este documento, el primer libro tiene 20 acuarelas, el segundo, 15, el tercero, 60 y el último 17, las que hacen un total de 112. Sobre el material usado para darle colorido a estas acuarelas es difícil pronunciarse todavía sin un análisis químico. Al respecto sería interesante comprobar si hay rastros del fruto llamado "xagua" o de otras plantas como la "tara", la "corpa" o el "copei" que según nuestro sacerdote utilizaban los indígenas a modo de tintes (Morua, 1946, p. 226).

Aunque me faltan mayores conocimientos para identificar y caracterizar la presencia de distintos estilos, como ya he adelantado me da la impresión que si bien todas estas 112 acuarelas tienen un parecido extraordinario con los dibujos de Guaman Poma detrás de ellas no solo hay una mano. Quizá hasta sean tres de las cuales una parece ser europea, muy probablemente del mismo Murúa, y las otras indígenas.

Donde mejor se percibe la mano europea es en las acuarelas que representan al Jardín del Edén, ya mencionado, y a los Incas y las Coyas. Aunque un tanto más tosco el estilo es bastante cercano al de los Incas y Coyas que aparecen en el manuscrito Wellington. A diferencia de las que aparentan ser más indígenas estas pinturas dan testimonio de un artista que conoce la técnica del sombreado y de la perspectiva. De ello dan cuenta la forma como ilumina los rostros, la naturalidad con que se destacan los pliegues de la ropa y, en lo relativo a la presentación de conjuntos, como paisajes, el uso de distintos planos para dar una imagen de cercanía y lejanía.

Una comparación entre los Incas y Coyas del manuscrito de Irlanda con los de Wellington y Guaman Poma da por resultado, sobre todo en lo relativo a los Incas, que los primeros son más cercanos a los del cronista indio que los segundos. Es cierto que no son idénticos pero para empezar los colores de los vestidos son exactamente los mismos que los referidos en el texto y en los mismos dibujos en la "Nueva Coronica" para cada uno de estos personajes. Además, particularmente en el caso de los Incas, la forma como posan de cuerpo entero es extraordinariamente parecida. Puede ser que en algunos casos haya discrepancia en el lado donde inclinan la cabeza, o en los objetos que tienen en sus manos pero en lo demás la identidad es bastante contundente. Desafotunadamente en el manuscrito irlandés faltan Lloque Yupanqui, Mayta Capac y Capac Yupanqui para que la comparación sea completa, pero los nueve restante dan una idea absolutamente cabal de la cercanía entre los dibujos de ambos cronistas. Esto último aún se ve más realzado si tomamos los Incas del Mss. Wellington que como el conjunto de la obra trataron de ser mejorados con fines de publicación.

Pero antes de entrar a esta comparación quisiera dar cuenta de ciertas peculiaridades entre las Coyas de Guaman Poma y las del manuscrito de Irlanda. En este caso las semejanzas no son tan asombrosas como con relación a los Incas. Es cierto que las Mama Huaco de cada versión son extremadamente parecidas pero en lo referente a poses aquí terminan las semejanzas. En el caso de las del cronista ayacuchano exceptuando tres que son presentadas en exteriores el resto aparece en habitaciones hay veces alfombradas, otras con piso enlozado y otras con los dos decorados. Además pocas veces están solas y estáticas como ocurre en el manuscrito irlandés. Unas veces sus servidoras las están acicalando, como el caso de Mama Huaco, otras como Rahua Ocllo, la ayudan a lavarse el pelo, Chimbomama aparece en medio de un ataque de locura, Mama Cora Ocllo y Chuquillanto figuran adormeciéndose, otras aparecen en los exteriores pero en movimiento. Estáticas propiamente, como las que predominan en el original del manuscrito Loyola, solo hay la 2ª coya Chimbo Urma. El mayor parecido entre estas dos versiones de coyas solo se da en relación a los colores de los vestidos.

Con relación a los Incas del Mss. Wellington un primer detalle que aflora es que a todos los que aparecen en las dos versiones se les remueve del escenario rural en que se ubican para ser situados al interior de habitaciones que tienen un piso enlozado al igual que algunas de las coyas de Guaman Poma. Además a todos ellos se les quitan de las piernas lo que el cronista indio llama "ataderos" y en la pared de la habitación donde posan se les pone un escudo que es el mismo que en el manuscrito de Irlanda se asociaba a la respectiva coya de cada Inca. Con excepción de Manco Capac e Inca Roca la decoración y vestimenta de los que siguen se aleja bastante de la de las dos versiones previas llegándoseles a otorgar colores muy diferentes. Esto mismo sucede con las Coyas. Sus vestidos también cambian de color perdiendo aquellos en los que coincidían la "Nueva Coronica" y el manuscrito irlandés. Asimismo las coronas que lucen en este último también desaparecen al igual que sus escudos. De este último solo retendrán su forma de posar un tanto estática aunque ya no bajo los cánones hieráticos de las vírgenes cristianas, ni tampoco en exteriores sino como los Incas en habitaciones enlozadas. Tal es la importancia que concede a esta forma de presentación de las coyas que hasta la Mama Huaco que se asemejaba a la de Guaman Poma desaparece uniformándose a este estilo de naturaleza impersonal que termina convirtiéndose en absolutamente anodino.

¿Porqué estas discrepancias entre el tratamiento a los Incas y a las Coyas en estas tres versiones? Antes de intentar dar respuesta a esta pregunta me referiré a otros personajes que al igual que los Incas y las Coyas son agrupados en listas tanto en la "Nueva Coronica" como en el manuscrito de Irlanda. Se trata de los ya mencionados Capitanes cuyos dibujos sólo aparecen en estos dos documentos mas no en el de Wellington donde, incluso, su importancia en el texto es inferior. De esto último da cuenta la supresión del "libro" o sección que se les dedica en el manuscrito irlandés, pasando a integrarse tan solo como cinco capítulos, casi finales, en el "libro" II del Mss. Wellington.

Como ya he mencionado anteriormente, de todos los cronistas que conocemos solo los que venimos analizando son los únicos que presentan a estos personajes conformando listas (11). No se crea sin embargo que por tener esta exclusividad las semejanzas entre ambas listas, con sus respectivos dibujos, son mayores que las que se observan con los Incas o las Coyas. (12)

Deteniéndonos en las acuarelas sobre estos "Capitanes" que nos muestra el manuscrito irlandés vemos que ofrece una interesante novedad: todos parecen corresponder a una mano indígena y en una gran mayoría, si bien no exactamente, repiten a color la forma como Guaman Poma representa a algunos de estos personajes. Este es particularmente el caso con Cusi Guanan Chiri, Inca Urcon, y Tupac Amaru. Los restantes, entre los cuales se cuentan Pachacuti , Apo Camac, Apomayta, y Maytac, hay notorias diferencias que son correspondientes con las que se dan en los textos que acompañan a estos singulares individuos. No obstante hay que señalar una excepción. Se trata del Capitán Maitac del autor de la "Nueva Coronica" que es representando sosteniendo, de forma parecida al Capitán Apo Maita del mercedario, un ídolo de la fortaleza del Guarco. Aparentemente estaríamos ante un mismo atributo otorgado a personajes distintos. Pero no es así. Una lectura del texto que acompaña al dibujo de Maitac del cronista indio permite apreciar que el nombre de Apo Maytac de Murúa está al lado del titular, aunque en forma secundaria, con el atributo de conquistador del Guarco. Esto lo consigue el ayacuchano repitiendo dos veces el nombre de este Capitán: una de forma protagónica y con diferentes atributos en una cuarta posición y ésta que vengo refiriendo donde a Maytac se le hace asumir una séptima posición. Finalmente, no es posible comparar al Rumiñahui de Guaman Poma con el de Murúa porque éste último no incluye a este Capitán entre sus dibujos al igual que sucede con Guaritito que hasta el texto correspondiente lo deja en blanco en el manuscrito irlandés.

En comparación con los listados de Incas y Coyas, la mayor diferencia que se advierte en esta sucesión de "Capitanes" es la falta de concordancia que hay entre Guaman Poma y Murúa en el orden que sigue la secuencia y el número de personajes que asumen este rol. Mientras que para el primero son quince para el segundo son propiamente once como se puede advertir en las listas que adjuntamos (Ver nota 9). En lo concerniente a la secuencia el único acuerdo entre ambos cronistas es darle al Capitán Pachacuti la primera posición. Sin embargo las representaciones que hacen de este personaje tanto a nivel del dibujo como del texto que se le asocia son diferentes. En el caso de Guaman Poma se ilustra a un personaje dormilón de quien dice "...no conquistaron ni hizieron nada cino todo era dormir y comer ueuer y putear y holgar y hazer fiestas y uanquetes..." (Op. Cit., p.146). Por el contrario, en Murúa el susodicho, vestido de rojo, está en plena actividad bélica a punto de darle un mazazo a un guerrero que está tendido mientras, en la parte superior, justo encima de una relación de nombres de etnías,como bajando del cielo otro personaje, con ropaje azulado, sopla un cornetín. El comentario del texto a esta escena alude indudablemente a un mito indígena que tiene que ver con la idea de fin del mundo asociada al nombre de este "Capitán". Sin embargo, no concuerda plenamente con el dibujo pues se habla que en Chetacaca o Sapi apareció un hombre vestido de rojo "con una trompeta en la mano y un bordón en la otra" a quien pachacuti, en la localidad de Pisac le pide que no toque su instrumento de viento "...porque temieron que si la tocaba, se hauía de volver la tierra..." (que es lo que literalmente significa Pachacuti) (Op. Cit., p.105,106). En ningún momento este texto alude pues a dos personajes, uno de rojo y otro de azul, ni que cuando el segundo venía del cielo el primero estaba por ultimar a un guerrero caído, ni que el portador de la trompeta vistiese de azul y viniese del cielo.

Pasando al segundo "capitán" comienzan las discrepancias entre Guaman Poma y Murúa sobre quién debe ocupar esta posición. Mientras que para el primero es Túpac Amaru para el segundo es Cusi Guanan Chiri. Aunque quizá sea prematuro, creo tener una posible explicación para esta falta de coincidencia que puede aclarar las otras que también se dan y arrojar algunas luces sobre el manejo de la tradición oral entre ambos autores.

Un primer punto que debemos de tener presente es que si bien hay discrepancia en cuanto a quién ocupa esta posición, el dibujo del Tupac Amaru del cronista indio es muy parecido a la acuarela sobre este mismo personaje del sacerdote. En ambos casos estamos ante un Inca de la nobleza que con unas tenazas está a punto de extraerle el ojo izquierdo a un prisionero Colla cuya filiación étnica es destacada por el uso de un bonete que siempre aparece en los dibujos de estos dos cronistas para caracterizar a esta etnia. Aunque son muy parecidas estas escenas no están exentas de algunas diferencias. Así, mientras el Colla de Guaman Poma es sujetado por un guerrero Inca que está a su espalda en el de Murúa este guerrero pasa al costado del Inca y en su lugar ingresa un cuarto personaje, sin mayores atributos, que sujeta del hombro al prisionero (ver láminas...).

El trasfondo en ambos casos son las campañas guerreras de este capitán en el Collasuyo y la famosa narración del predicador extranjero, que en el caso de Guaman Poma es el apóstol San Bartolomé, quien en venganza por negársele comida y apedrearlo castiga a los pobladores de Cacha, en la provincia de Canas, con una lluvia de fuego.

Pero, ¿porqué Guaman Poma ubica a este Capitán en una segunda posición mientras que Murúa lo hace en una séptima? Una primera explicación parece hallarse en el hecho que el primero consistentemente presenta a cada Capitán como hijo de cada Inca mientras que para el segundo, aunque al empezar su descripción de los Capitanes admite que son hijos de los Incas, al tratar a cada cual le da lo mismo afiliarlos como hijos o como hermanos. Así, de toda su lista de Capitanes solo su Capitán Pachacuti, Urcon y Ausitopa figuran específicamente como hijos de Incas. El resto reciben todo tipo de filiaciones y, en algunos casos, hasta ninguna. Cusi Guanan Chiri, el segundo Capitán, figura incluso como hijo de Pachacuti, el primer Capitán. De este enunciado se deriva que para el autor de la "Nueva Coronica", las acciones de cada Capitán deben de corresponder con las que le atribuyó a su respectivo progenitor al hacerles su descripción pertinente. En consecuencia si Sinchi Roca fue descrito como el conquistador del Collasuyo y se dice que las andanzas y castigos de San Bartolomé ocurrieron durante su reinado, Guaman Poma escoge al Capitán cuyos atributos se acercasen más a los del padre para establecer la conexión. Además, este tema de las andanzas de San Bartolomé le interesaban al cronista ayacuchano de sobremanera pues venía siendo utilizado por algunos defensores de los indígenas para darles un cierto barniz de cristiandad a los Incas en contra de la acusación de idólatras y tiranos que el Virrey Toledo venía enarbolando. De acuerdo a ello una segunda posición era más ventajosa que una postrera pues así se podía argüir que los Incas habían tenido la oportunidad de recibir el mensaje de Cristo casi desde sus orígenes.

A Murúa, por el contrario, estas preocupaciones, al parecer, lo tienen sin cuidado. La tradición con su respectivo dibujo que recoge Guaman Poma él también la consigna. Pero, ¿qué lo lleva a ubicar a Tupac Amaru en un séptimo lugar? La verdad que no hay una razón clara. En un caso podría deberse a la condición que le atribuye de ser hermano de Túpac Yupanqui o hijo del noveno Inca Pachacuti, como lo expresa en el Mss. Wellington. Sin embargo cuando revisamos lo que nos habla sobre estos Incas no hay ni el más ligero énfasis de que fuese a conquistar el Collasuyo ni nada que se relacione con esta región ni con la causa de aquella lluvia de fuego. Más bien si nos trasladamos al Mss. Wellington y nos detenemos en la descripción que nos hace de Rahua Ocllo, la esposa del onceavo Inca Huayna Capac, vemos que si figura esta tradición. En consecuencia habría que preguntarse por qué más bien no asoció a este Capitán con este Inca. Alternativamente, también llama la atención que prefiriese asociar el dibujo de Túpac Amaru con esta tradición del Collasuyo cuando en el Mss. Wellington consigna un pormenorizado relato mítico sobre la relación amorosa de este Capitán con Cusi Chimbo, cuñada de la esposa de Túpac Yupanqui, en la localidad de Manan Huañunca donde los mercedarios tenían un fundo.

Un examen de cada Capitán del mercedario sugiere que con excepción de Pachacuti, y obviamente de Rumiñahui que figura en tiempo de los europeos asociado a Atahuallpa, aparentemente no hay una razón específica para la posición que ocupan. Esta falta de consistencia sumada al rol secundario que se les da en el Mss. Wellington da la impresión como si Murúa describiese a estos Capitanes casi por inercia. Quizá porque sus informantes, dibujantes y amanuenses se la proporcionaban y no veía nada de malo en desaprovecharlas. Al fin y al cabo le daban la oportunidad de aumentar las páginas de su trabajo y satisfacían su pasión por las historias fabulosas. Para Guaman Poma, por el contrario, estos personajes le ofrecían un medio para realzar y ubicar mejor dentro del marco institucional Inca a su antepasado Capac Apo Guaman Chaua a quien ubica en una doceava posición precediendo a los reyes de los cuatro suyos. En consecuencia pareciera que en Guaman Poma la tradición se pone al servicio de una tesis central mientras que en el mercedario permaneciese más en estado natural aunque bajo un ordenamiento que se construye de retazos que vienen de la fuente oral o de los primeros intentos de Guaman Poma de poner orden a su material.

De todas maneras lo que es innegable es que existe una tradición de la cual los dos cronistas beben. Además, al parecer se trata de una tradición bastante fluida que puede ser acomodada de muchas maneras. Ya hemos visto en Guaman Poma como un mismo personaje puede figurar en dos posiciones aunque enfatizado de distinta manera. Es el caso de Apomaytac que cuando aparece en una cuarta posición como hijo de Mayta Capac es representado guerreando contra los Chiriguanos y cuando lo hace en una séptima, como hijo de Yauar Uacac, se mimetiza con Maytac quien figura portando el ídolo Guarco. Esta libertad se puede tomar el cronista indio porque los nombres de sus capitanes muchas veces aparecen vinculados, en condición de hijos, con más de un Inca. El nombre de Cusi Guanan Chiri, por ejemplo, figura una vez como hijo del tercer Inca Lloque Yupanqui y otra vez como del noveno Inca Pachacuti. Algo semejante sucede con Tupac Amaru que es descrito como hijo del segundo Inca Sinchi Roca y otra como hijo del noveno Inca Pachacuti. Igual con Auquitopa que aparece como hijo del quinto Inca Capac Yupanqui y del décimo Inca Túpac Yupanqui y así en otros casos. A esta tendencia que pareciera sugerir que hay un Capitán del mismo nombre para un Inca de Hurin Cusco y para otro de Hanan Cusco habría que añadir otra que tiene que ver con el hecho de que hay algunos capitanes que se les puede conocer bajo dos nombres. Es el caso de Otorongo Achachi cuyo otro nombre es ApocamacYnga.

Ante un panorama de esta naturaleza las dificultades de Murúa para organizar sus datos debieron ser inmensas más aún cuando advertimos que ya había tenido dificultades para narrar la historia de los Incas y de las Coyas. El mismo sacerdote hablando de su presentación de las Coyas en el Mss. Wellington nos confiesa que darle claridad a su historia le "...a costado más trabajo y sudor, porque como los yndios mezclan y confunden unas cossas con otras y unos sucesos con otros, es fuerza que los que los oyen y tratan y quieren sacar dellos alguna cosa a luz, sea con grandísima dificultad." (Op. Cit., tII, p. 28, 29).

Algo que tienen en común la "Nueva Coronica" y el manuscrito irlandés es que sean Incas, Coyas o Capitanes lo que se dice y dibuja sobre ellos es un tanto escueto y bastante estereotipado. Solo en su vestimenta y sus poses observamos algunos rasgos distintivos. Pero en detalles que aludan a alguna tradición sólo en muy pocas ocasiones. Esto es especialmente el caso en Murúa pues ya hemos visto que las Coyas de Guaman Poma tienen más peculiaridades. Coincidiendo con este estilo de los dibujos los textos que los acompañan tampoco dicen gran cosa particularmente con respecto a los primeros Incas, al punto que en el segundo manuscrito mencionado quedan sin texto Sinchi Roca y sin texto y dibujo Lloque Yupanqui, Mayta Capac y Capac Yupanqui. Es cierto que este vacío lo suple Murúa en el Mss. Wellington pero auxiliándose de lo que birla a Cabello Balboa o a un manuscrito perdido de Cristóbal de Molina que (según me comunica José Cárdenas) parece fue utilizado por Bernabé Cobo y Santa Cruz Pachacuti. La desesperación de este sacerdote frente a su falta de comprensión de la tradición andina debió llegar a tal punto que para la descripción que hace en el Mss. Wellington de los Incas a partir de Pachacuti el plagio de otras fuentes se vuelve escandaloso. Páginas tras páginas de las hazañas de Pachacutec, Túpac Inca Yupanqui, Huayna Capac, Huascar, Atahuallpa los Incas de Vicabamba se vuelven en un encadenamiento de repeticiones provenientes de las fuentes ya mencionadas y de otras que nos faltan cotejar.

Si esto le ocurre al mercedario con las tradiciones sobre los Incas, que debieron ser abundantes, con mayor razón debió sufrir la desazón con las Coyas y los Capitanes que no fueron de mayor interés para otros cronistas. De aquí que para suplir la carencia de datos en el caso de las primeras recurra, como lo ha demostrado John Rowe (1987), al plagio de fuentes que versan sobre Méjico como la Francisco López de Gómara titulada la Conquista de México. Para el caso de los segundos al parecer no le queda sino retocar las mismas tradiciones que maneja Guaman Poma de Ayala como hemos visto.

Volviendo a la relación de Incas que nos presentan la Nueva Coronica y el manuscrito irlandés un detalle que me ha llamado la atención es que si bien las representaciones que aparecen de ellos son muy parecidas los textos no son muy coincidentes. Es cierto, como he señalado, que no hay tantas especificidades donde se podría concordar y las que pone Guaman Poma están más en función de puntos de vista preconcebidos. Sin embargo existen dos dibujos de Incas donde si las hay. Uno es Inca Roca que aparece acompañado de un niño y otro es de Pachacuti que aparece blandiendo una honda. Para Guaman Poma la escena primera representa a este Inca con su hijo llamado Guaman Capac Ynga y la segunda a Pachacuti en el acto de tirar con una honda piedras de oro a sus enemigos. No es mucho lo que se dice pero sin embargo es algo. En cambio en el manuscrito irlandés, que repite estas escenas, no encierra en su texto ni la más mínima alusión a lo representado en los dibujos. En este caso claramente se puede apreciar que mientras en Guaman Poma dibujos y textos van unidos en el sacerdote unos marchan por un lado y los otros por otro. La única explicación que se me ocurre para esta situación es que el sacerdote copió dibujos, quizá por su valor decorativo y estético, pero, al igual que las tradiciones orales que circulaban, sin entender su significado.

Lo dicho hasta el momento sugiere que así como saqueó a otros cronistas de origen europeo Murúa no tuvo el más mínimo inconveniente de hacer lo mismo con Guaman Poma y el personal de su taller artesanal. La diferencia en este caso es que posiblemente se hizo con conocimiento del cronista indio pues los testimonios sobre este sacerdote en la Nueva Coronica dan cuenta que se conocieron y que sus vínculos no debieron ser esporádicos. Lo más probables es que este sacerdote contrató los servicios del indígena cuyas habilidades en el manejo del castellano, de la escritura y, posiblemente, del arte pictórico no le pasaron desapercibidas. Este contacto inicial debió haber tenido lugar en la década de 1580 posiblemente en el Cusco.

c.- Imaginando los contactos iniciales entre ambos cronistas.-

Para el historiador Raúl Porras Barrenechea si algún puesto le hubiese correspondido a Murúa en el pasado incaico hubiese sido el de "Gran Chambelán de los Incas" por su pasión por lo decorativo y suntuario. Además no se le escapan las inclinaciones eróticas que lo llevan a recrearse describiendo acllas que se paseaban desnudas y con muslos y pantorrillas gruesas (Porras, 1962, p.377 &endash; 381). Su obra pues descubre a un autor sensual aficionado a lo anecdótico que se solaza ante la belleza, el boato, el misterio y el ingenio de los seres humanos. De aquí sus detalladas descripciones del manejo de los quipus y su gran atracción hacia el arte textil que como las cuerdas anudadas también cumplieron un rol comunicativo aparte de ser un vehículo importante del arte pictórico andino.

La pasión por los textiles es tal en el mercedario que en un gesto totalmente inusual entre otros cronistas el manuscrito irlandés concluye con una esquematización pormenorizada, digna de un estudioso moderno, de la distribución de los 104 motivos de una faja que las coyas usaban para la fiesta llamada "Sara". Ante semejante afición, que curiosamente lo llevan a desempeñar cargos en pueblos especializados en esta actividad como Capachica (ubicado en el actual departamento de Puno), no es de extrañar que cuando lo retrata Guaman Poma sea al momento que golpea a una india que está tejiendo.

Contando con estas disposiciones debió quedar fascinado con Guaman Poma cuando lo conoció. Aunque desgraciadamente para estos dos cronistas no poseemos mayores datos sobre sus vidas es posible imaginar que debió quedar gratamente impresionado con el talento de Guaman Poma como quipucamayoq y como indígena versado en el castellano, en las formas comunicativas de la cultura europea y, posiblemente en el arte de la pintura figurativa. Si no era un experto en lo último posiblemente vio en el indígena a alguien que ya tenía este potencial y que bien podía ser adiestrado para ilustrar la obra que ya tenía en mente.

De esta pasión por el arte y por las tradiciones indígenas debió nacer una cordial relación entre ambos pero que con el tiempo se fue agriando quizá por la laxitud que mostraba el religioso en su comportamiento así como por su inconsistencia en su acercamiento al mundo indígena.

Pero así como el mercedario se aprovechó de las habilidades de Guaman Poma este último también debió obtener algunas ventajas del primero. Una de ellas la afirmación de sus conocimientos en el arte figurativo y el estímulo necesario para hacer una obra histórica que refutase las afirmaciones sobre el origen de los indígenas del sacerdote.

Con Murúa debió recibir el necesario entrenamiento para muchos de los dibujos que plasmaría en la "Nueva Corónica" y aquellos que ilustrarían su litigio por las tierras de Chupas con los indios de Chachapoyas. Sin embargo, quizá por falta de medios económicos no pudo darles el colorido que les dio a los que hizo a su patrocinador.

El hecho de poner el ajusticiamiento de Pedro Solís Portocarrero, que tuvo lugar en 1601, en el dibujo que el cronista indio hace sobre Huamanga sugiere que fue realizado en una fecha posterior a los dibujos de ciudades que aparecen en el manuscrito irlandés. Esto lo he podido deducir de la existencia de añadidos en cada uno de los capítulos sobre ciudades de este manuscrito y de que en varios casos estas adiciones se superponen a los dibujos. Gracias a esta peculiaridad y a que el texto de uno de estos añadidos vinculado a la ciudad de Arequipa alude a la erupción, en tiempo presente, del volcán Huaynaputina que ocurrió el 18 de febrero de 1600, se puede inferir que los dibujos de ciudades de esta versión inicial de la obra del mercedario fueron hechos antes que aquellos de la "Nueva Corónica".

Deteniéndonos en esta escena de Arequipa que, al igual que la de la "Nueva Coronica", la representa en medio de una lluvia de cenizas por la erupción del volcán, debo señalar que por su parecido con la de la obra del cronista indio y porque Murúa describe este acontecimiento como testigo presencial, cuando todavía no tenía las fotografías del texto sugerí en algunas conferencias que en esta oportunidad Guaman Poma le había birlado una idea al sacerdote. Sin embargo esto no es así pues por lo que he dicho anteriormente el dibujo ya existía antes de la terrorífica experiencia del mercedario. En realidad lo que ocurre es que aquel dibujo fue hecho para ilustrar un acontecimiento semejante en la época prehispánica que figura narrado en el texto que no es un añadido.

Análisis como este que acabo de hacer ha sido posible gracias a que cuento con fotografías a color del manuscrito. Sin ellas me hubiese sido imposible distinguir los añadidos. De aquí que ediciones como la de Bayle, basada en la copia de Loyola, si bien son útiles dejan al investigador sin evidencias valiosísimas para estimados cronológicos y otro tipo de deducciones. Igual sucede con los añadidos que se observan en el original de la "Nueva Coronica", con las tajaduras del Mss. Wellington y con los dibujos de todos ellos. Son razones de esta naturaleza sumadas a la necesidad de mostrar los dibujos con la mayor fidelidad posible las que me llevan a insistir sobre la necesidad de hacer ediciones fascimilares de estos tres manuscritos.

 

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NOTAS

 

(1) He logrado hacer esta deducción sobre la base de una referencia que Guaman Poma hace de Alonso de Medina donde se dice que fue "...criado del Conde de Monterrey" (Ibid., 729). Si este fue el caso y como sabemos este décimo Virrey, llamado también Gáspar de Zúñiga y Acevedo ,solo estuvo en el poder entre 1604 y 1606 es dable que estos sucesos debieron de ocurrir por estos años.

(2) Solo en un manuscrito descubierto en Nápoles donde figura el Padre Anello Oliva, pero cuya autenticidad es materia de controversia, su nombre aparece consignado pero para negarle la autoría de la Nueva Corónica y dársela al Jesuíta mestizo Blas Valera.

 

(3) Una de ellas está publicada como apéndice en, "El cronista Huaman Poma de Ayala" de Raúl Porras Barrenechea, edición que tiene un prólogo de Ramón Barrenechea Vinatea fechado en 1971. Otro ha sido dado a conocer por Nelson Pereyra Chávez en Histórica, Junio de 1997, vol XXI, No. 1.

(4) A esta evidencia hay que sumar la carta que aparece al dorso de este dibujo cuyo estilo es exactamente igual al de aquella otra carta en la "Nueva Coronica" supuestamente escrita por Martín de Ayala padre de Guaman Poma. El poder reparar en el contenido de esta carta ha sido posible gracias a H.P. Kraus, un librero neoyorquino, que, junto con otros cuatros dibujos superpuestos que hay en el Mss. Wellington, lo hizo despegar del lugar en que se encontraba (Rowe, 1987, p. 754).

(5) Ver p. 7 la nota 4

(6) Abona a favor de la sugerencia que este manuscrito sigue construyéndose entre 1590 y 1600 algunas frases escritas en tiempo presente que aluden a datos históricos fechables. Ya el ilustre Padre Constantino Bayle repara en una cita donde se habla en tiempo presente de que Beatriz Coya, esposa de Martín García de Loyola, como gobernadora de Chile y luego en otra parte de su marido como finado. Gracias a este dato nuestro jesuíta concluye "Por consiguiente, la historia se escribía entre estas dos fechas..." Que serían entre 1592 cuando el mencionado gobernador de Chile empezó a ejercer sus funciones y 1599 cuando debió llegar la noticia de su muerte al Cusco (Bayle, 1946, p. 32, 33).

(7) En el prólogo de su edición Constantino Bayle señala que según el sacerdote mercedario Joel L. Monroy un manuscrito de Murúa se conserva en Bogotá (Bayle 1946, p. 36) ¿Será esta la versión primigenia? Le he pedido a Monseñor Severo Aparicio que como podría conservarse entre mercedarios que haga las averiguaciones del caso. Ojalá pronto tengamos una respuesta.

(8) Entre dichas fuentes podemos citar las siguientes: un documento incluido como apéndice en el estudio de Raúl Porras Barrenchea (Op. Cit., p.94-96), otro dado a conocer por Nelson Pereyra en la revista Histórica del Universidad Católica (Op. Cit., 1997), y el ya mencionado litigio que tiene con los Curacas de Chachapoyas por unas tierras en Chupas divulgado en Y no ay rremedio (1991) y en el artículo de José Zorrilla titulado "La Posesión de Chiara por los indios Chachapoyas" (1977).

(9) Al lado de la figura de Manco Capac en la esquina derecha superior se puede leer el siguiente texto: Efigies de los Yngas Reyes del Piru. Algunos Historiadores ponen antes de estos Señores Yngas quatro Edades e que florecieron quatro capitanes, el c.Huari Viracocha Runa casado con Mama Huarmi:el c. Huari Runa casado con Mama Pucullo: el c. Purun Runa casado con Mama Sisac: el c. Auca Runa casado con Mama Panchiri Sisac. Otros dicen por su nombre desde el Diluvio hasta el primer ynga ciento y quatro reyes, por noticias de sus quipos..." El que en este caso las edades se conviertan en personajes que llevan el título también ocurre en la "Nueva Coronica" (Op. Cit., p.75) siguiendo los cauces de un modelo genealógico (Ossio, 1977). Una presentación semejante de estas edades figura en la crónica de Fray Buenaventura de Salinas y Córdova (1957, p. 15). Asimismo es interesante notar que la referencia a 104 reyes coincide con la crónica de Fernando de Montesinos (1957 ) y con Blas Valera de acuedo a una referencia en la crónica de Anello Oliva (1895, p71). A ella hay que sumar que en la Relación del jesuíta anónimo, que posiblemente sea este mismo Blas Valera, también hay referencias que concuerdan con este lista de 104 incas como es el hablar de un "Pachacuti noveno". Este dato tiene además la gran virtud de conectar a Blas Valera y a Montesinos con Guaman Poma cuya forma milenarista de computar el tiempo lo acercan a los Capac Huatan que describe este sacerdote sevillano y en modo más indidrecto el jesuíta mestizo (Imbelloni, 1946, 1979). En lo concerniente al manejo de esta información por Blas Valera es también interesante porque hoy se viene discutiendo un documento localizado en Napoles que habla de relaciones inverosímiles entre este jesuíta y el cronista indio. Los autores del documento son dos jesuítas, Anello Oliva y Antonio Cumis, y aducen que el verdadero autor de la "Nueva Coronica" fue Blas Valera dejando a Guaman Poma sirviendo solo de pantalla para ocultar la identidad del autor. Yo descarto esta posibilidad por múltiples razones pero de ser auténticos aquellos documentos podrían ser una pista interesante para aprender algo más de la misteriosa vida de Guaman Poma y de sus relaciones con miembros de distintas órdenes religiosas.

(10) De especial relevancia son las galerías de incas mencionadas más arriba.

(11) Muchas crónicas aluden a personaje que podrían ser tildados de capitanes por su rol de lugaternientes de los Incas en las guerras de conquista que emprendían pero en ninguna de ellas, exceptuando las que estamos analizando, los organizan bajo listas semejantes a la de los Incas. Qué importancia pudieron tener para ser organizados de esta manera es algo que ignoro. De lo que conozco sobre los estudios acerca de los Incas al parecer nadie se ha ocupado de analizar a estos personajes. Mi impresión es que al igual que los Incas y las Coyas carecen de historicidad pero a diferencia de estos monarcas, cuyas listas obedecen a una lógica que el sistema de los Ceques y otras instancias llegan a descubrir, para estos Capitanes no existe nada similar. En consecuencia una primera tarea sería averiguar las premisas que están detrás de los listados sobre estos personajes que nos dan estos dos cronistas.

(12) A continuación presentamos en tres columnas las listas de estos Capitanes de acuerdo a las tres versiones documentales que estoy manejando:

 

"Nueva Coronica"

1º.-Pachacuti o Ynga Yupanqui

2º.-Topa Amaro

3º.-Cuci Uanan Chiri

4º.-Apo Maytac y Vilcac Ynga

5º.-Ausitopa Ynga Yupangui

6º.-Otorongo Achachi o Apocamac

7º.-Ynga Maytac Ynga Urcon

8º.-Apocamac Ynga

9º.-Ynga Urcon

10º.-Chalcochima

11º.-Ruminahui

12º.-Capac Apo Guaman Chaua

13º.-Capac Apo Ninarua

14º.-Mallco Castilla Pari

15º.-Malco Mullo

 

Manuscrito Irlandés

1º.-Pachacuti o Ynga Yupangui

2º.-Cusi Guanan Chiri

3º.-Ynga Urcon

4º.-Apocámac

5º.-Apomaita y Villcaquiri

6º.-Ynga Maitac

7º.-Tupa Amaru

8º.-Capac Guaritito

9.-Ausitopa Ynga

10º.-Atawalipa

11º.-Rumiñahui

 

Mss. Wellington

1º.-Pachacuti o Ynga Yupanqui o Cusi Huana Chiri

2º.-Ynga Urcon, Apomaita y Villcaquiri, Ynga Maita

3º.- Tupa Amaro, Capac Huaritito y Ausitopa